La vinculación amorosa y la necesidad sexual se mantienen durante la madurez avanzada y la vejez, porque durante toda la vida mantenemos activos los afectos sexuales (deseo, atracción, enamoramiento). La satisfacción de esta necesidad se enriquece si, con los años, también nos sentimos satisfechos con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con nuestra vida, con nuestra personalidad.
Las condiciones físicas y psicológicas con las que llegamos a cierta edad, esa en la que empezamos a traspasar o ya hemos atravesado la frontera de la madurez para entrar en el territorio de la vejez, son fundamentales. Por cierto ¿te resulta incómoda la palabra vejez, para aludir a quien ya avanza sobre la cincuentena y más allá?
¿Adultos, mayores o viejos?
No lo neguemos. Hay palabras que nos producen molestia, incluso rechazo, y hasta miedo, como ocurre cuando hablamos de la muerte o de la vejez. Depende de la visión que tengas de ti mismo, pero, en general, cumplir años a partir de cierta edad, no suele ser bien aceptado. La palabra viejo o vieja es ampliamente rechazada, y no porque sea un término impreciso ( el de persona mayor es más ambiguo y sin embargo mejor aceptado), sino porque no dejamos de compararlo con el valor de la juventud.
Entre las parejas que se cuidan y se sienten cuidadas, la experiencia de la vejez, de ser mayores en relación a todos los que tienen menos edad, o de la adultez avanzada, que ya es el top ten del rebuscamiento, es menos dramática. Ocurre parecido con quienes han alcanzado buenos niveles de amistad. En esta realidad, es mucho más fácil y accesible disfrutar de nuestras emociones y sentimientos de amor y apego, y divertirse más en los encuentros íntimos.
Conviene no llegar a estos territorios pensando en el amor y en el sexo como cuando se tenía 30 años. A partir de los 50 la forma de relacionarnos debería ser algo así como un arte mayor, fundamentado en la salud y el bienestar.
Sin embargo, ocurre, que en la derrota de la batalla por las apariencias, se recurre a la manida expresión de «lo importante es tener un espíritu joven«, que esconde distorsiones cognitivas como la de pretender pensar como un joven, o una conducta inadaptada y un tanto perversa de pretender vivir como una persona joven; cuando lo propio de los adultos, mayores y viejos es tener un espíritu de adulto, mayor y viejo. Es decir, un espíritu de conciencia existencial, serenidad y capacidad para disfrutar de una gran calidad en los aspectos centrales de la vida, incluidos el amor y el sexo.

¿Quién ha dicho que se disfruta más corriendo que paseando?
Las personas tenemos afectos sociales (apego, amistad y sistema de cuidados) y afectos sexuales (deseo, atracción y enamoramiento) que nos permiten vincularnos a los demás de diferentes formas e intensidades, a través de los cuales resolvemos nuestra necesidad de contacto y vinculación.
Enamorarse es sentirse fascinado por otra persona y supone una conmoción en nuestra mente y en nuestra fisiología, en nuestras emociones y sentimientos. Los seres humanos nos podemos enamorar a cualquier edad y perdurar en el tiempo dependiendo de la fascinación que nos embargue, de los contenidos emocionales, mentales y sociales que alimenten la experiencia y de los afectos y la capacidad de generosidad que seamos capaces de dar.
Si estamos enamorados, si deseamos y somos deseados, si nos resulta atractiva una persona y viceversa, se crean unas condiciones afectivo-sexuales que resultan maravillosas. Estas condiciones son una fuente de energía extraordinaria que afecta positivamente a todos los aspectos de la vida.
A medida que pasa el tiempo y avanzamos en edad, el ritmo del cuerpo y el propio movimiento y toda la fisiología del placer cambia, se ralentiza. Cuando esta realidad la vivimos como un hecho singular y sano de que se acabaron las prisas, se produce la ecología más adecuada para las relaciones amorosas y sexuales construidas a la medida de nuestra edad.
No estar pendiente del reloj y de las exigencias de una vida apresurada, favorece el amor y el sexo. A partir de los 50 (sería genial incluso antes) conviene entender las relaciones más allá del acto instintivo de «echar un polvo», y de la sensación de apremio y tensión que subyace a la idea (prejuiciosa) de tener que actuar como alguien joven rebosante de testosterona. En la vejez, las respuestas han de ser producto de otro tipo de actitudes, como mejorar en ternura, tomarse tiempo en la escucha, en el deseo y la excitación.
No corran, no se esfuercen en demostrar, no se esfuercen en demostrar que pueden ser muy vigorosos, no maten el deseo de quienes tienen entre sus brazos. Con la edad se disfruta más del camino que de la meta.



