Muy poca gente escucha con la intención de entender; solo escuchan con la intención de responder.
Stephen Covey
No podemos controlar, ni deberíamos intentarlo, cómo los demás nos responden. Pero, sí tenemos cierto control cómo respondemos nosotros a otras personas, tanto a través de la elección de las palabra, lo cual es muy importante, como también por cómo entonamos nuestra voz, cosa, probablemente aun más importante. Y también por cómo utilizamos los silencios y las pausas al hablar, lo cual, en numerosas ocasiones es totalmente definitorio de nuestras intensiones, posturas u opiniones.
En un mundo que nos obliga a reacciones vertiginosas, aprendemos y enseñamos a decidir con urgencia, a hablar con precipitación, a lanzarnos a la acción sin proporcionarnos un día, una hora, un par de minutos, unos pocos segundos, que nos permitan controlar mejor nuestras opciones; ante la resolución de algún conflicto, en la respuesta a una interlocución, en la necesaria escucha de quien tengamos enfrente. Escuchar es una actitud ante la vida, que contiene muchos beneficios pero que desaprovechamos con demasiada facilidad y frecuencia.
Comunicarse no siempre es fácil. Estamos acostumbrados a querer tener, casi siempre, la última palabra. Lo hacemos incluso a sabiendas de que la pausa para escuchar, la pausa antes de hablar, genera una mayor productividad de las ideas, inspiran la creatividad y mejora la actitud de los demás.
Comunicarse no es fácil cuando estamos activados de tal manera que nos resulta difícil reducir la velocidad con la que nos expresamos. A nuestra amígdala (implicada en las emociones) le encanta la precipitación. Sin embargo, ser capaces de hacer una pausa, nos ayuda a controlar nuestras emociones, en cualquier caso y circunstancia, desde el ritmo estimulante de una caricia hasta aquellos instantes en que nos hierve la sangre y conviene dejar enfriar las cosas antes de abrir la boca.

Practicar pausas antes de hablar es una forma poderosa de favorecer la comunicación, de generar un clima de seguridad y de igualdad. La pausa nos permite experimentar más adaptativamente nuestros sentimientos y de tomar conciencia de las necesidades sensibles y los anhelos asociados a ellos. La pausa nos da un tiempo extra para establecernos en modo empático, relajado, responsables y congruente. La seguridad emocional que nos proporcionan las pausas proporciona mejores probabilidades de ser escuchados.
La pausa no es solo, ni mucho menos es siempre, pensar lo que se va a decir antes de decirlo. La pausa es, sobre todo, un espacio para, a través de percibir a otros y al entorno, percibirnos mejor a nosotros mismos. Una oportunidad de reunirnos, respirar y controlar lo que está sucediendo dentro de nosotros.


