No existe razón, ni evidencia alguna, para esperar que el proceso real de morir sea peor físicamente de lo que como personas vivas hemos experimentado en situaciones de dolor Sin embargo, para la mayoría de las personas, el miedo a morir se sustenta en el miedo a sufrir dolor.
Probablemente no exista quien no ha sufrido dolor físico. Tampoco quien, en mayor o menor medida, haya sido testigo del dolor y la agonía de otras personas cercanas y queridas. Todo esto nos hace temer el dolor. El dolor físico es una percepción sensorial, subjetiva, que aparece como consecuencia del daño sufrido sobre un tejido vivo. Dado que la muerte es la destrucción final de todos nuestros tejidos vivos, tendemos a asumir que la muerte debe ser la experiencia final más dolorosa. Como nadie ha regresado de su muerte para decirnos como se sintió en el momento de su fallecimiento, experimentamos terror a la muerte.
Pero no es esa la única razón de este temor a morir, a pesar de la conciencia plena de la inevitabilidad de la muerte. En el proceso del miedo a la muerte, otra de las variantes que desempeña un papel determinante es la incomprensión, aparentemente misteriosa, de que nuestro «yo» se extingue, que dejaremos de existir. Es decir, en cómo imaginamos la muerte.
Somos seres muy complejos. Nuestro cerebro es único en su capacidad de abstracción y de asimilación de que hay un pasado, un presente y un futuro incierto. De igual manera, puede reconocer y conjugar con las emociones de miedo a nivel de la autoconciencia. Gracias a los procesos mentales de los que somos capaces, podemos concebir la muerte y hacernos preguntas sobre ella. Como también, somos seres narrativos, desplegamos mecanismos neurológicos para inventar historias que justifiquen el comportamiento que tenemos o a buscar respuestas.
Aunque, el hecho racional es que la muerte no supone que la intensidad del dolor (u otras formas de incomodidad o deterioro) sea mayor que la intensidad del dolor de la enfermedad o las lesiones; algunas formas de muerte son dolorosas y otras no, nuestra mente, especialmente en las personas que hemos crecido en culturas que han dado la espalda a este proceso biológico, que no entienden la muerte como una parte más de la vida, desarrolla ansiedad ante la muerte.

La muerte implica una extinción completa de la conciencia ( si lo prefieres, dependiendo de tus creencias: de la conciencia tal y como la entendemos los neurocientíficos). Nunca experimentaremos sentir lo que es estar muerto y, sin embargo, no dejamos de pensar en ello. Nos cuesta relativizar la angustia que nos produce. Somos criaturas egoístas a las que les fastidia imaginar que la vida existe independientemente de si nosotros existimos para experimentarla.
¿Se puede superar el miedo a la muerte?
¿Por qué temer a la muerte cuando nunca podemos percibirla?
Epicuro
La conciencia de nuestra mortalidad puede dejar de ser anticipación ansiosa cuando la incorporamos como una realidad a la que podemos llegar llenos de un sentido de lo preciosa que es la oportunidad de vivir. Lo importante de la idea de la muerte, no es la muerte en sí misma, ni lo que puede haber más allá de ella, sino lo que ocurre antes de que se produzca. El valor de nuestra propia existencia, puede inspirarnos y motivarnos a vivir, a no desperdiciar nuestros días, a experimentar, aprender, crecer, conectarnos y contribuir a mejorar la vida de quienes nos rodean y a quienes están por llegar.
Es importante determinar primero si el terror a la muerte es un síntoma o una causa. En el primer caso, deberás hacer frente a esa fobia como a cualquier otra mientras analizas cómo te afecta y tratando de que no crezca; en el segundo caso, orienta tu esfuerzo en tratar la ansiedad que provoca el miedo.
Existen casos donde el miedo a la muerte es persistente, anormal, ansiosamente patológico, hipocondríaco. Es lo que se conoce como tanatofobia. En estas situaciones, la ayuda profesional es necesaria.


