En la cama de Procusto, siempre se cabía: al que no, le cortaban las piernas para evitar que sobresaliese.

La intolerancia a la diferencia del otro es un mal cuasi endémico de muchas personas, empresas y sociedades. La resistencia a considerar las opiniones de los demás, el miedo a ser superados y la envida, son algunas de las características más significativas de la actitud de despreciar a las personas que por algún motivo, talento o actividad sobresalen. Esta actitud se identifica, desde el análisis psicológico, como síndrome de Procusto, que como tal síndrome se manifiesta a partir de fenómenos como el conformismo y la uniformidad.
La propia definición del síndrome de Procusto deja claras sus consecuencias negativas en cualquier tipo de relación personal o interacción con los demás : “lo padecen aquellos que cortan la cabeza o los pies de quien sobresale”.
¿ A quienes afecta el síndrome?
Quien mas y quien menos tiene ramalazos de envidia por lo ajeno. No nos vamos a engañar a estas alturas. Pero este tipo de pelusa, no necesariamente ni mucho menos siempre, nos convierte en personas rencorosas o nos mete en la cabeza un miedo insoportable al éxito de otras personas. Los Procustos suelen tener una característica muy común a todas ellas y ellos, y es que buscan rodearse de personas de menor talla y talento a ellos y ellas, lo cual favorece un entorno mediocre y unas relaciones planas, monótonas y extremadamente aburridas. La amplitud del horizonte de una persona envidiosa y muy recelosa de las potencialidades de quienes le rodean, no llega más allá de sus miedos y la limitación de sus creencias y opiniones.
Tienen recelo de las personas jóvenes, a las que desprenden luz propia y a las que mantienen una actitud proactiva ante al vida. El intercambio de ideas les resulta poco atractivo, no soportan opiniones diferentes a la suya; encuentran cómo criticar o deslegitimizar a la persona que las realiza.

Son hábiles en el engaño y en la capacidad para limitar las situaciones a su área de control y a su iniciativa. Son capaces de modificar su posicionamiento inicial ante un tema o evento si se encuentra en contradicción, pierde nivel de atención o percibe que empiezan a destacar sobre su persona. No siempre es algo personal contra alguien específico, con frecuencia, esta reacción obedece a una vida de frustración, llena de envidias y disconformidad con su propia existencia.
La incapacidad para reconocer como válidas las ideas de otros, el miedo a ser superados, la envidia insoportable, lleva a los Procusto a eludir responsabilidades, a tomar malas decisiones, a frenar iniciativas, aportaciones e ideas de aquellos que pueden dejarles en evidencia. Con frecuencia, buscan la complicidad de otros personas, subordinadas o dependientes de alguna manera para, entre todas, acabar con aquella que destaca más que ellas.
No es difícil de inferir que la gente que padece un síndrome de Procusto, o incluso aquellas que sin llegar a la definición del mismo, son celosas y envidiosas en alto grado de lo que hacen los demás y suelen presentar, en realidad, o bien un nivel de autoestima baja o débil, o por el contrario, autoestima narcisista, lo cual puede revelar un carácter manipulador muy acentuado. Aunque, crean ser seres empáticos, juzgan desde su egocentrismo las reacciones de los demás.
Sus argumentos son para ser escuchado, no para escuchar. De este modo, establecen actitudes de discriminación e incluso de cierto nivel de acoso hacia las personas que sobresalen, se les ignoran o tergiversan sus ideas, son la comidilla de los chismes y de las críticas injustificadas.

¿En qué ámbitos es más frecuente?
En realidad es una actitud muy generalizada, se produzcan o no todas las características sintomáticas del síndrome. La envida es algo terrenal, muy común y corriente. Hace tiempo escribí sobre ellas en uno de mis artículos mensuales para Wall Street International (La cochina envida sana) Allí ya comentaba que : «En psicología consideramos que alguien puede estar experimentando un síndrome de Procusto cuando se frustra por cualquier cosa, sostiene una conducta personal de querer tener siempre la razón y se obsesiona por tenerlo todo bajo control. La desconfianza hacia todos, incluidos ellas/os mismos, es característica de la pobre autoestima en personas muy envidiosas.» Las frustraciones, las insatisfacciones, el menosprecio y la necesidad de disimular nuestra mediocridad se puede dar en cualquier ámbito de la vida.
Lo podemos observar tanto en el ámbito personal. Las críticas o actitudes de intolerancia van dirigidas a la familia, pareja o amigos. Los fracasos de las personas del entorno son vividos con satisfacción por la persona envidiosa, procusta, Cuando este sentimiento es inconsciente, la persona pueden sentir culpabilidad. En el ámbito de la formación y/o académico es un síndrome muy frecuente, más de lo que parecería comprensible; quien sobresale es muchas veces mal considerado. Muchos casos de bullying (acoso escolar) son propiciados por alumnos o docentes que, perfectamente, podrían ser diagnosticado con el síndrome de Procusto. En el ámbito laboral la envidia y las conductas narcisistas tienen un efecto devastador. Al innovador, al que destaca, se le menosprecia, se les hurta, incluso, las ideas.
Pero quien padece este síndrome, como quien es envidioso o envidiosa en exceso sufre mucho. La envidia, como el rencor, los reproches o el resentimiento causa más sufrimiento a quien la experimenta que a nadie. Es una emoción que, cuando persiste – y es muy persistente – nos aleja de todo aquello que somos y de todo aquello que es de nuestra propiedad. Nos dificulta enormemente gozar de lo que tenemos y nos inocula infravaloración personal. La envidia no conoce límites y de lo «sano» se pasa a lo tóxico con facilidad.
Una vez somos conscientes de esto que les acabo de comentar, concierne a cada cual saber qué quiere hacer con sus envidias. Conviene pensárselo bien. A veces, la ayuda profesional terapéutica nos libera de este mal asunto de la envidia.


