La especie humana desarrolla una danza de apareamiento corta. Suele incluir una repentina explosión de energía y un pensamiento no muy reflexivo. El deseo de involucrarnos en nuevos romances sin pensarlo demasiado es muy natural. En realidad, estamos un poco diseñados para ello. Otra cosa es cómo evoluciona la relación después de la intensidad de las primeras semana, o incluso meses.
Cecilia, de cuarenta y ya unos pocos años más, se fue a vivir con un hombre que había conocido algunas semanas antes y con el que había mantenido una relación efervescente. No es que fuera habitual este tipo de comportamientos en ella, no al menos desde que dejó de ser una joven de velocidad acelerada y confianza inquebrantable, lo que incluía romances con casi desconocidos. A los tres meses de mudarse, la relación explosiva se había convertido en un amontonamiento de cenizas.
Conocer nuestros límites
Tratar de limitarnos y aplicar una estructura de conducta prudente a algo que nos resulta atractivo, excitante, deseable y deseado, no es asunto baladí; no es fácil no entrar en conflicto con nuestros deseos a corto plazo. Para alcanzar un equilibrio entre necesidades de tener una relación satisfactoria en diferentes facetas de nuestras vidas y el deseo más inmediato de obtener placer, hay que poner a trabajar las partes lógicas de nuestros cerebros para que ignoren las regiones cerebrales que producen experiencias de recompensa de manera inmediata ( que son las mismas que intervienen en el consumo de sustancias tóxicas). Se puede dar la bienvenida a una pareja romántica prometedora, sin que el fuego de nuestro corazón nos consuma la vida.
Tener claro nuestros límites facilita relaciones más sanas y constructivas para ambas partes. Es lo que los psicólogos denominamos diferenciación. La diferenciación es el balanceo que los individuos llevamos a cabo en nuestras relaciones íntimas. En otras palabras, la capacidad de distinguir entre emociones y pensamientos. La habilidad de afrontar de forma adaptativa nuestra ansiedad. Cuando alguien no atiende bien a la diferenciación en sus límites, tiende a reaccionar con rapidez, incluso con precipitación. En las relaciones de pareja en construcción, no saber lo que se necesita ni cómo pedirlo, lleva al desencanto cuando acabas de enamorarte. Pero no siempre, ni necesariamente, las relaciones en las que olvidamos nuestros límites, o ignoramos alguno de nuestros principios, es una señal de desastre inminente.
¿El sexo lo complica todo?

En toda relación romántica, el sexo cumple una función esencial. Esta importancia, no solo se refiere a la frecuencia de los contactos sexuales, sino a la sexualidad como parte de la complicidad de la pareja; es decir, como un espectro más amplio que lo puramente genital; miradas, caricias, juegos y todo aquello que puede entrar en el terreno de lo erótico. La erótica genera vínculos poderosos y requiere de tiempo para que las personas se conozcan a este nivel. Las relaciones sexuales apresuradas, rápidas o para un apuro no suelen entretenerse en la sensualidad.
El sexo facilita, pero también complica las cosas. Para algunas personas, el sexo muy al principio de la relación da lugar a una sensación de cercanía que simplifica el proceso de conocerse. Probablemente, en algunos caso, así sea. Pero, también, puede ser un factor de insatisfacción cuando las relaciones se estancan en la actividad sexual. Una persona que apenas conocemos, muy buen amante, deja de interesar si esa es su mejor habilidad. Para otras personas, el sexo es un paso que es mejor dejar para etapas posteriores. En estos casos se juega con mayor ventaja. Si la pareja nos satisface a nivel general, el sexo se deviene en una especie de catalizador de la relación, la mejora.
Si lo que buscas es sexo sin compromiso, no hay problema en apresurarse. Pero si tu meta principal es una relación estable, comprometida, las relaciones sexuales al poco de conocerse, aunque se consideren una forma de echar a andar una relación, en la mayoría de las ocasiones suele producir un efecto contrario. No es esta una certeza que me sale a mi de donde me da la gana; la estadística al respecto así lo ratifica.
Tómatelo con calma
Abrirnos a una relación supone un modo de expansión intenso. Al inicio de una relación que nos motiva, nos seduce e ilusiona, es fácil comenzar a soñar despierto y queremos que nuestra pareja nos conozca y lo más rápidamente posible. Queremos saberlo todo y decirlo todo. Proponernos, especialmente las personas con carácter más impulsivo: «Esta vez me lo voy a tomar con más calma» es un bastante difícil de realizar. Sin embargo, tener calma y sosiego es mayor garantía de que una relación construya cimientos más sólidos y permanentes.
Permitir que las cosas fluyan con naturalidad es la mejor manera de no verse sometido por la idealización de la otra persona. Darte tiempo también supone ajustar tu monólogo a una idea no idealizada te ti para la otra persona. En ambos casos, podemos controlar las expectativas muy elevadas. Ten en cuenta que, generar expectativas no realistas es la forma más rápida de encontrarse de cara con la frustración. La imagen mental que alguien se hace de nosotros determinará, en gran medida, el éxito o el fracaso de la relación.
Darnos tiempo para conocer a alguien facilita averiguar si, realmente, esa persona te provoca querer compartirlo todo con él/ella, o no. Esta es una señal de alerta muy importante para comprender si existe un camino de reciprocidad o, por el contrario, es mejor dejarlo estar.
En toda nueva relación hay un equilibrio constante para saber hasta dónde integrar a esa otra persona en tu vida y a qué ritmo debería hacerse esa interconexión. En esta situación conviene no perder de vista la necesidad de preservar nuestro tiempo personal, para ti, para tus amigos y trabajo. Al fin y al cabo este tiempo te dará la oportunidad de incorporar de una forma adaptada la nueva relación a tu vida.



