Llega un momento en que dices NO y lo dices en serio. Hay a quien le cuesta mucho. Poner límites, a nosotras y nosotros mismos o a otros no es fácil. El No lo solemos interpretar como una ventana que se cierra de golpe entre uno mismo y la influencia de los demás. Rara vez nos felicitamos o celebramos un No. A diferencia del poder del Sí, que transmite coraje y un enfoque de la vida con el corazón abierto. el No tiene un poder que tendemos a ocultar porque es fácil de malinterpretar. Es posible, que no nos demos cuenta del poder asertivo del No porque, en parte, se confunde fácilmente con la negatividad. Pero lo cierto es que el No (un alejamiento, un movimiento de cabeza o una negativa firme) implica estados psicológicos que son claramente diferentes.
«No, gracias«, «No me cuentes«, «No lo haré«, «No perderé más tiempo«, son afirmaciones de responsabilidad personal y no producto de una negatividad crónica o de una visión nublada del mundo. La negatividad se expresa en un perfeccionismo quejumbroso, un descontento petulante o un rechazo aversivo al riesgo. las personas negativas pueden apagar el entusiasmo de los demás y rara vez los inspiran a actuar. El No, por el contrario, es una elección clara que promueve actitudes de empoderamiento.
El No es una afirmación implícita de responsabilidad personal. Cuando somos capaces de decir No a algo ajeno, le estamos dando valor a nuestras propias creencias y opiniones. El No dice de nosotros que, si bien interactuamos con los demás, amamos, respetamos y valoramos esas relaciones y opiniones, no permitimos ni podemos permitirnos siempre ser influenciados por ellas o actuar para satisfacer a los demás. A veces, las personas tienden a complacer a otras por conveniencia, convivencia o por miedo al rechazo. Decir No implica estar dispuestos a defender nuestras propias posturas.
Saber decir No y hacerlo sin sentir culpa es una barrera defensiva de nuestro yo. No, dice: «Esto es lo que soy, esto lo que valora, esto es lo que quiero, esto es lo que haré» Aunque damos a los demás, cooperamos con ellas y ellos, les agradamos y nos agradan, somos, siempre y en esencia, yoes distintos y separados. Necesitamos el No para construir y convivir en ese espacio.
Somos los agentes de nuestros propios límites y el No, como el Sí, nos permite gestionarlos adaptativamente. El No, particularmente, nos permite abordar nuestras limitaciones desde dos perspectivas diferentes, la que volvemos hacia nosotros mismos y que nos proporciona la fuerza necesaria para contener nuestros impulsos y administrar nuestras prioridades, y el No que crea los limites entre nosotros y los demás, el que nos permite vivir mejor la empatía de la convivencia.



