¿Por qué pensamos que las mujeres hablan demasiado?


Me ha llamado mucho la atención un artículo de la lingüista Valerie Fridland. Me parece muy interesante desde el punto de vista social y psicológico. Aquí les traduzco, sintetizando, las ideas más interesantes de esta profesora.

Las mujeres han sido etiquetadas casi desde siempre como el sexo excesivo con el lenguaje y chismosas. Este estereotipo está muy anclado en nuestro lenguaje cotidiano, en los proverbios de muchos pueblos. En español (la profesora utiliza los propios en lengua inglesa) existen numerosas alusiones a la mujer como transmisora de habladurías y enredos. Y esto, a pesar de que diferentes estudios que aseguran que las mujeres no se involucran más en los chismes y las murmuraciones que los hombres.

Superados los tópicos sexistas, la realidad es que las mujeres hablan, en promedio, más que los hombres. Y esto no es una mera apreciación. En las mujeres, por lo general, se presenta una mayor conexión neuronal entre los hemisferios cerebrales . La mujer también es más intuitiva. Se relaciona con el hecho hormonal femenino el que las mujeres puedan estar mejor preparadas para las tareas vocales y las conductas simbólicas. Las fluctuaciones neurológicas originan más en ellas, que en ellos, un vaivén de pensamientos y emociones que se expresan en palabras.

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Pero, de dónde vienen – se pregunta Frindland – en su investigación, realmente los estereotipos sobre el habla de las mujeres, esa creencia, aun persistente, a pesar de ser imprecisa, tendenciosa e injusta, de considerar la charla femenina como ociosa y como importante la de los hombres. La asociación de mujeres con conversaciones ociosas, intrascendentes e incluso peligrosas, es una visión sexista que viene de lejos. Los filósofos griegos y romanos, cuyos escritos a menudo valoraban a los hombres y denunciaban las debilidades comparativas de las mujeres. En  History of Animals , por ejemplo, Aristóteles sugiere que las mujeres hablan falsamente y son más propensas a quejarse.  

Las ‘heteras’ eran las mujeres de compañía que, además de yacer con los hombres que ellas seleccionaban, dialogaban en condición de igualdad. Mujeres que desafiaron a Aristóteles.

Plutarco, filósofo y augura (presagiador) en el Oráculo de Delfos, consideraba que la función principal de la mujer estaba en el hogar y en guardar silencio cuando estaba fuera de él. Aristóteles y Plutarco también tenían ideas y promovían ideas moralistas que discriminaba a la mujer. Negarle la palabra libre y en igualdad social a las mujeres viene de bien antiguo. Los hombres siempre hemos temido el verbo de la mujer cuando éste va más allá de lo que podemos controlar.

Algunos de los mitos arraigados que rodean el discurso de las mujeres siguen estando presentes en la actualidad. Hablar en público sigue siendo un dominio masculino, a pesar de los avances que ha conseguido, en este sentido, el movimiento feminista y las mujeres en general. A pie de calle queda mucho por hacer y por cambiar. El silencio del discurso público de las mujeres, es algo que que ya no podemos continuar permitiendo. Perdemos demasiado.

Existe una constante a través de la historia que nos ha insuflado la creencia de considerar el discurso público de las mujeres como poco confiable y moralmente cuestionable. Los textos religiosos, desde la edad media hasta hace no tanto, advertían sobre el peligro de las lenguas falsas de las mujeres. La expresión «cuentos de viejas», aún utilizada, nace del hecho discriminatorio y excluyente, conforme al cual, el poder masculino relegaba (para ejercer control social, económico, moral, sexual y político), las opiniones femeninas a la esfera de la chismografía. Este legado

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La propia palabra chisme, que originariamente hacía referencia a las conversaciones de los participantes o invitados a eventos sociales de carácter familiar, como los bautizos o las bodas, acabó por derivar para referirse, primeramente, a las interacciones verbales entre las mujeres asistentes a estas celebraciones y, con el tiempo, a cualquier reunión de amigas. Un despropósito que nos ha privado de los enormes matices y contrastes que tiene la conversación femenina. Siempre he sido de la opinión, que la ausencia del lenguaje de l a mujer, ha hecho de los hombres unos seres tan parcos en palabras y tan eclécticos en expresiones. Sin el lenguaje de nuestras madres, parejas y amigas, demasiados hombres desarrollan una utilidad verbal semejante al de un botón sin ojal.

A la mujer se la ha regañado por hablar, incluso enjuiciado por opinar. El regaño es una gran medida de género que nos ha permitido controlarlas, o quizá sería más acertado decir, controlar el miedo que históricamente nos han producido las mujeres expresando sus ideas y pensamientos de manera libre y equitativa. El regaño a la mujer habladora se ha inmortalizado hasta en la literatura. Shakespeare gustaba en su teatro de señalar a la mujer como locuaz desordenada (la musaraña, la esposa de los peces). Y no podemos obviar la influencia de la literatura en todos los ordenes de nuestras vidas, incluido el de las conductas discriminatorias. Cierto, el arte, en casi todas sus manifestaciones, como la política y las ciencias también han influido en la elaboración y posicionamiento privilegiado de los estereotipos machistas.

Ofelia en Hamlet

Actualmente todavía, estamos muy aferrados a la idea de que las mujeres siguen siendo las grandes trivializadoras de la conversación. Esto es tan así que, mayoritariamente, el discurso en lo público sigue estando en manos de los hombres. De hecho, algunas mujeres relevantes en la esfera de lo político adopta un estilo de discurso más masculino, deductivo, impersonal y «autoritario». Hillary Clinton ha sido muy criticada por esto. Las razones de Clinton (Clinton es apellido impuesto por una tradición paternalista muy extendida en Estados Unidos y en Francia), eran que un discurso liberal y feminista, la haría perder electorado. Los hombres lo odian. Y también las mujeres que odian a las mujeres. Hillary, no es un secreto, es de la idea de que en esta tesitura están casi todas las mujeres.

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Pregunte a cualquiera por el sexo más hablador y seguramente le dirán mujeres. Muchos de nosotros, los hombres, hemos vivido desde la escuela cómo a las niñas, a pesar de ser, por lo general más atentas en clase, se las interrumpía más en su conversación, calificándolas de más marginales e inoportunas. Lo que durante años y década y siglos ha sido un ejercicio de desempoderamiento sistemático. En la actualidad, esta práctica, aunque en mi opinión (y he conocido bien el mundo de la educación primaria en España), aunque permanecen creencias, quizás más sutiles, pero no menos reales, que siguen siendo obstáculos para una efectiva igualdad de las mujeres en los diversos ámbitos de las relaciones personales, sociales y laborales. Una reciente investigación de la psicóloga Victoria Brescoll que analiza la distribución de la conversación por género, muestra que el poder institucional alienta a los hombres pero desalienta a las mujeres a hablar más, ya que las mujeres poderosas temen una reacción violenta que está ausente para los hombres cuando toman una mayor parte en la base de la conversación. 

Aunque arraigados profundamente en nuestra historia, los estereotipos de la conversación de las mujeres no solo están lejos de ser reales o precisos, sino que también tienen un costo considerable en la sociedad. Con el creciente número de mujeres en puestos de poder económica y políticamente, ahora tenemos la oportunidad de incorporar sus voces y comprender el valor de todas las conversaciones en un grado que nunca antes habíamos tenido. 

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