Los estragos de las emociones prohibidas


No son pocas las personas que se pasan la vida “encajando” y “cerrando la válvula de sus emociones”, callando ante la inquina de un jefe tóxico, desconcertada por relaciones familiares convulsas o aguantando humillaciones, observaciones desagradables y comentarios despectivos, teniendo ante todo ello que ocultar la manifestación del orgullo y tragarse las lágrimas.

 Todos, en una u otra medida, hemos vivido alguna relación o pasado una situación en la que hemos tenido que abortar nuestra cólera, “tragar quina” y camuflar nuestros miedos. En muchas de estas ocasiones finalmente acabamos por convencernos de que “no es nada” o de que “ya pasó”, y hasta llegamos a creernos que las emociones se evaporan, son inconsistentes y, como tal, despreciables.

 Se trata de reacciones inapropiadas con las que tratamos de encubrir un dolor. Pero, ¿es posible despreciar una emoción y esperar que desaparezca sin dejar rastro? La psiconneuroinmunología nos dice totalmente lo contrario. Esta disciplina científica que estudia las estrechas relaciones existentes entre las emociones, las hormonas y los mecanismos inmunológicos, nos advierte que: determinadas emociones, como el amor o la alegría, son beneficiosas para nuestra salud, mientras que otras representan desequilibrio para nuestro organismo y nuestra salud mental, convirtiéndose en un verdadero peligro en forma de tensión permanente y secreción hormonal descontrolada; tanto lo uno como lo otro son causa de que padezcamos enfermedades psicosomáticas.

 En efecto, hoy ya sabemos sobradamente que la tristeza, la cólera o el miedo son causa de que nuestras glándulas segreguen descontroladamente adrenalina y cortisol, hormonas de estrés. Si pasamos con frecuencia por conflictos emocionales, cabe hacerse la pregunta: ¿cuántas veces al día ponemos en marcha este peligroso mecanismo? La sobre administración de adrenalina y cortisol (exceso de impulso y exceso en el mantenimiento de este impulso) produce efectos perjudiciales importantes como cansancio (o incluso extenuación), dolor físico, falta de concentración, problemas de memoria, irritabilidad y agresividad, y trastornos del sueño, entre otros.

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