Los jóvenes utilizan con frecuencia la palabra odio. ¡Odio la escuela! ¡Odio cuando esto sucede! ¡Odio a mi padre! ¡Odio mi vida! Odio es una palabra vehemente, poderosa. Es un vocablo ofensivo; claramente, desagradable y que pone nerviosa a la gente que la escucha, sobre todo si va dirigida a ellas. Por eso gusta tanto de usar entre los adolescentes enrabiados, descontentos y desmotivados. A muchos adultos les sorprende oír en boca de los jóvenes una palabra que les molesta. La molestia sería menor si aceptáramos el enorme potencial que tenemos todos para odiar en cualquier momento de nuestras vidas. El odio en los jóvenes es rebeldía y reafirmación, pero no es maldad.
La maldad describe una elección moral a sangre fría y es más propia de adultos frustrados y rencorosos.
El sentimiento que describe el odio que manifiestan algunos jóvenes no es exagerado ni falso. Los jóvenes que sienten odio no son malos ni están locos. Son normales. El odio existe, es apasionado, y debe ser reconocido o su poder persistirá largo tiempo. Cuando los jóvenes se expresan a través de manifestaciones que incluyen la palabra odio no buscan el daño de otras personas, sino la preservación del yo como mecanismo de defensa ante la percepción, cuando no realidad, del rechazo. La contrariedad del rechazo lo que más genera en los jóvenes es odio hacia sí mismos. En otras palabras, el odio es defensivo. Los jóvenes odian, sobre todo, el impulso de los sentimientos encontrados acerca de sí mismos y de otras personas, y que les hace sentir vulnerables.
Orientación y psicoterapia para jóvenes

Los jóvenes odian porque les importa. De lo contrario, serían indiferentes y esa es potencialmente una reacción mucho más siniestra.
Es frecuente que nos quejemos del mal humor en el que están nuestros adolescentes de forma casi permanente. Contestan mal, desobedecen de forma continuada y al parecer todo les molesta. Nos “ofende” que nos respondan mal y, a veces con “desprecio”. Sin embargo, estas actitudes, incluyendo esas frases hirientes que parecen dichas con odio, son procesos bastante normales, que casi en ningún caso es el reflejo de trastorno alguno. La adolescencia es por sí una etapa complicada para el propio individuo, repleta de cambios fisiológicos, psicológicos y emocionales
No obstante, es importante estar atentos a los indicios que nos pueden poner sobre la pista de que no se trata solo de un problema habitual de la adolescencia. El mal humor y las reacciones extemporáneas de un/a adolescente, puede ser la manifestación de un conflicto psicológico más serio con consecuencias perjudiciales para su vida. Cuando empiezan a suspender o abandonan sus estudios, cuando tiene problemas serios para relacionarse, hemos de tratar de identificar el origen de su problema.
Pero esto no es fácil de hacer y hemos de actuar con suma prudencia y cautela. Con frecuencia, cuando los adultos actuamos con exigencias de saber, de averiguar lo que le pasa, podemos generar situaciones de agobio que empeoran la situación. Hay que desplegar empatía, confianza y serenidad para conseguir que un adolescente nos abra la puerta de sus pensamientos, sentimientos y emociones. Cuando esta tarea se nos vuelve imposible, ha llegado el momento de consultar con un/a profesional. Sea de una manera u de la otra, nuestro principal objetivo es conseguir transformar ese mal humor, esas expresiones sucintas de malestar y odio, en un caudal de palabras con las que el/la joven consiga manifestar su mundo interior.
También puede ser muy conveniente consultar con un especialista que instruya a la familia en el manejo de estas problemáticas y les proporcione herramientas estratégicas adecuadas para recuperar o mejorar la comunicación asertiva con la/el joven.


