En algunos senderos de los Pirineos, no recuerdo ahora bien si en el valle de Boï o por las cercanías del parque natural de Aigüestortes y Lago San Mauricio – hace años ya de esas caminatas – se encontraban algunos carteles, letreros, que rezaban con una leyenda que decía: “Camini el seu propi camí”, o lo que bien se podía interpretar como: resistir la tentación de recorrer la distancia de otros. No obstante, la necesidad de compararse con los que llegaban más lejos, parecía inevitable para algunos.
Diferentes investigaciones psicológicas han encontrado que más del 10% de los pensamientos diarios implican algún tipo de comparación, y sugieren que las formas en que nos comparamos con los demás, puede engañarnos, al proporcionar una descripción sesgada de nuestras propias habilidades y experiencias. El riesgo evidente de esta situación, es el menoscabo de nuestra seguridad y nuestro amor propio.
Aunque nos parezca fácil darnos cuenta de que compararnos no tiene ningún sentido, en lo común y corriente de cada día, no lo es tanto. Que todos somos diferentes, que cada uno tiene su potencial o que todos tenemos el mismo valor, es una obviedad teórica, la realidad sociopolítica de lo cotidiano genera diferencias que, en numerosas ocasiones, abocan a la comparación, desde uno mismo, o a instancia de otros.
Aunque existen “comparaciones” que nos permiten crecer y mejorar, por ejemplo, aquellas que hacemos con personas aptas y capaces, cuya actividad aporta valor positivo a nuestras vidas; por lo general “las comparaciones son odiosas”, cuando se producen en dos contextos distintos pero bien definidos. En las situaciones en que nos comparamos con aquellos que tienen mejores vidas sociales que nosotros, nos generamos un afán de superación sobredimensionado de expectativas que, por lo general, acaba generando frustración y desánimo. Por el contrario, en aquellas otras en que hacemos comparaciones con personas que están peor que nosotros, los psicólogos cognitivos hace tiempo que sabemos, que en ellas subyace el ansia de querer sentirnos mejor con nosotros mismos.
Nos comparamos constantemente, cuando salimos ganando y cuando salimos perdiendo en la comparación. En cualquier caso, acaban por robarnos la alegría. Porque las comparaciones pueden conducir a emociones como la envidia, fomentan competitividad inadaptada y crean ambientes negativos en las relaciones familiares, amorosas, sociales o laborales.
La confianza, la integridad, la honestidad en nosotros mismos, saber estar, mostrar mejor educación, son actitudes que contrarrestan los efectos nocivos de la comparación.


