¿Estúpido y trivial, o interesante género del cultura visual?
Toda persona que usa habitualmente un teléfono inteligente sabe, que un selfie, es una foto que se toma de sí misma. Es algo común y cotidiano, cuya finalidad se asocia, por lo general, a difundir nuestra imagen, hacérsela llegar a los demás, principalmente a través de las redes sociales. ¿Pero es eso todo?
Hay quien sostiene que el selfie es un nuevo género visual y de comunicación personal. Críticos de arte sostienen que las características formales de este fenómeno, que incluyen encuadre particular y composición singular (cercanía de la cara y presencia ubicua del “brazo autofoto”) le otorgan posibilidades de creación personal. Estudiosos del mundo digital destacan sus funcionalidades como vehículo de conversación y autoexpresión cotidiana. Desde una óptica cultural se le atribuye marchamo de folklore, creado por la gente, para la gente. El contexto social (intención, dispositivo, audiencia, accesibilidad) es el elemento más influyente en la producción de selfies, junto a los rasgos psicológicos de personalidad.
En los selfies subyacen intenciones distintas. En algunos casos se usa como una forma de expresión de auto-admiración superficial o publicidad cínica, con regusto narcisista. En otros, los que más, la intención es creativa, una forma de mantener relaciones, de construir comunidades, de organizar protestas, e incluso, de entenderse y aceptarse a sí mismo.
Sea como sea, los selfies son siempre una forma de auto-representación visual compatibles con la comunicación en red. Vale, pero ¿qué significa esto? –puede que te estés preguntado.
La auto-representación es un proceso personal, que tiene su origen en la creencia de que el rostro es un indicador significativo de quienes somos. Durante mucho tiempo la auto-representación visual ha estado vinculada a la identidad personal. Hoy esa creencia ha menguado considerablemente. Con el advenimiento de Internet, otros muchos elementos, más allá de la representación del propio cuerpo, sirven y se utilizan para representar a la persona. Así, imágenes, signos, símbolos, vocabulario, títulos, comentarios, se articulan como “guías de visualización”, es decir, sirven para construir una imagen visual virtual de nosotros. A menudo la auto-representación visual se utiliza para elevar la posición social de la persona. Hacerse selfies junto a personas conocidas, o en situaciones populares, para inmediatamente ponerlas al alcance de cualquiera, tiene una intención comunicativa e interactiva, y de construcción de una memoria particular, y hasta de “autoterapia”.
Las personas hoy leemos imágenes. Las imágenes, especialmente la de los selfies, nos proporcionan pistas con las que a veces creemos tener suficiente para validar o refutar nuestras opiniones sobre esas personas. Es un riesgo inherente a la exhibición de nuestros primeros planos en contextos determinados. Los selfies pueden reafirmar o no lo que de nosotros decimos en otros formatos, como los textos de un perfil.
Con el selfie puede ocurrir como con los antiguos daguerrotipos fotográficos, donde las fotografías se consideraban representaciones directas de la realidad, llegándose, incluso a negar el estado del arte. Nuestras auto-representaciones digitales, esconden el riesgo – que cada uno utiliza a conveniencia – de que la realidad parezca lo que en realidad no es. Lo que esperamos de los selfies puede tener una relación ambigua con la verdad y la veracidad. Todo dependerá de la intencionalidad con la que nos hagamos fotos de nosotros mismos, de otras personas o de cualquier cosa.
Los selfies hacen y significan todo tipo de cosas, muchas interesantes, otras preocupantes. Cada día nos hacemos selfies, solo nosotros sabremos finalmente, porqué


