De cuando la soledad parece la única puerta de salida


Todo el mundo es como la luna, tiene un lado oscuro que no muestra a nadie”  Mark Twain

De muy pequeña, Cecilia fue una niña que creció sintiéndose demasiado observada. Una criatura de esas hermosas que soliviantan los estereotipos de la masculinidad avasalladora. Acosada sibilinamente hasta por los amigos de la familia y parientes, creció retraída, insegura, introvertida. Le robaron su relación adaptada con la soledad, de la que desde entonces huye, en ocasiones, incluso a costa de su dignidad. Ya desde sus años de colegio sentía rubor, timidez intensa ante cualquier exposición pública, en esos casos, por intrascendentes que fueran, la bañaba el sudor y las taquicardias recurrentes. Los trastornos ansiosos se convirtieron en episodios frecuentes en su vida.

A los veinte años era habitual que se alejara de los grupos de personas. No se atrevía a conocer nuevos amigos, ni siquiera a hacer preguntas. Era incapaz de mostrar su disconformidad en público, aunque fuera ante una sola persona en un espacio aislado. Por casi todo sufría de una “vergüenza” imposible. Por esa época fue diagnosticada de Trastorno de Ansiedad Social (TAS), lo que comúnmente conocemos por fobia social. De esto apenas hace unos cinco años.

Afortunadamente para Cecilia, el TAS es hoy es un problema estudiado, investigado y diagnosticado por los sistemas de diagnóstico de la OMS. El abordaje de esta patología a través de “entrenamiento asertivo” y “mejora de habilidades sociales”, ha facilitado su superación en muchas personas de esos miedos persistentes e irracionales hacia un objeto, situación o actividad específico, que dan lugar al deseo incoercible de evitarlo. En más casos de los que sabemos, este trastorno es tan limitante, que muchas personas que lo padecen solo se sienten seguras en soledad.  La comorbilidad de la fobia social con otros trastornos de ansiedad, como el trastorno obsesivo-compulsivo, la ansiedad generalizada o el enclaustramiento total agorafóbico, es muy habitual. A veces también se acompaña por problemas con el alcohol u otras drogas como métodos inadecuados de afrontamiento del trastorno.

La fobia social tiene un componente psicosocial ineludible. Abordarlo desde una perspectiva exclusivamente clínica ha sido el gran error de la psicología, como sucede en otros muchos trastornos donde los psicólogos y psicólogas se han metido a médicos (psiquiatras). Los estilos de vida se han destapado como uno de los componentes, no solo de la aparición de la fobia social, sino de su prevalencia. Las situaciones personales, culturales y económicas, de deficiente apoyo social y con otros trastornos psicológicos, suelen ser condiciones propicias para la aparición de TAS.

La fobia social puede ser tratada hoy día con eficacia por medio de intervenciones cognitivo-conductuales. Aunque todavía quedan muchos problemas por resolver, sí podemos señalar que la posición cognitivo-conductual plantea tratamientos empíricamente validados para la fobia social.

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