Me preocupa no preocuparme


“Nunca se inquieten acerca del día siguiente, porque el día siguiente tendrá sus propias inquietudes. (Mateo 6:34).”

La preocupación es algo muy humano. Sentir cierto grado de ansiedad, nerviosismo o desasosiego es, incluso, saludable. En nuestra evolución la angustia ha jugado un papel muy importante para percibir el peligro y alejarnos de él.  Preocuparnos nos ayuda, siempre y cuando nos estimule, o nos empuje a hacer lo que es debido. En este sentido, la preocupación es parte de la solución de un problema.

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Cosa bien distinta es la preocupación que te llena la cabeza de pensamientos negativos. Muchas veces sobre cosas que aún no han pasado y probablemente ni pasarán. En las salas de espera de los centros de salud, muchas de las personas que acuden a la consulta del médico generalista presentan un problema o somatización cuyo trasfondo es la preocupación excesiva. Vivimos en modo poco relajado y hay hasta para quien la preocupación es una compañera de viaje inseparable, y en ocasiones hasta implacable. Algunas de estas personas se mueven al filo de lo obsesivo.

Queremos controlar. Todo lo que podamos. Hemos crecido en un sistema de valores relacionado con las exigencias; personales, familiares, sociales y profesionales, que nos obliga a estar permanentemente en alerta, queriendo solucionar problemas, incluidos aquellos que no necesitan de nosotros para solucionarse.

Querer controlar las cosas, a las personas y las incertidumbres es una actitud agotadora, generalmente inútil y psicológicamente frustrante. Este talante se alimenta de la creencia irracional conforme a la cual preocuparse genera una capacidad de dominio que nos permite estar preparados para cualquier contrariedad o revés del destino.

Una mente sana implica no sostener creencias irracionales. El descabellado propósito de controlar a través de la preocupación trastorna el sueño, perturba la atención sobre lo realmente importante y desbarata las emociones. Nos complica mucho la vida.

Pero resulta que somos seres emocionales, preocupados por ser racionales pero cargados de ideas irracionales y pensamientos contradictorios que nos generan múltiples preocupaciones. Paradójicamente, experimentamos incluso, preocupación a dejar de preocuparnos. En nuestras sociedades, dejar de preocuparse encierra un presentimiento cultural de desentendimiento. Cuando esto ocurre, la tendencia es a considerarnos seriamente como peores padres, amantes, trabajadores, compañeros o irresponsables en cuestiones de salud.

Resulta muy complicado evitar que aparezcan preocupaciones. Nuestro cerebro es una máquina de anticipar problemas, pero podemos decidir conscientemente que hacer con ellas. Suele funcionar que nos preguntemos si mentalmente estamos en el momento presente o más bien en el futuro. Diferenciar lo que podemos resolver de lo que no, nos permite vivir más libres de y con las preocupaciones.

 

 

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