Mientras que para la verdad necesitamos valor, para la mentira hace falta memoria.
Mentir es un acto consciente, intencional y a menudo aprendido que implica alterar la verdad comunicando información a sabiendas de que es falsa, con el propósito de manipular a otra u otras personas. En otras ocasiones, la mentira tiene la función de proteger o evitar consecuencias desagradables, siendo considerado un comportamiento social y psicológico arraigado. En todos los casos, suele generar consecuencias negativas como estrés, ruptura de la confianza, y en contextos legales, sanciones graves.
Mentir es tan antiguo como la propia humanidad. Hoy sabemos que la mentira aparece en la vida de un ser humano entre los 3 y los 5 años, y es vivido simplemente como un entretenido juego. Su evolución respecto del lenguaje y del pensamiento interaccionando socialmente mueva a los niños a pensar en algo que no es cierto y expresarlo. Esto no es un problema, salvo que decir mentiras se convierta en una conducta repetitiva. En esos casos la repetición del engaño genera una insensibilidad a las emociones negativas en el cerebro, lo que promueve una escalada de falsedades.

Las áreas cerebrales involucradas en la mentira
La mentira es un proceso complejo que involucra mecanismo cerebrales y factores psicológicos. Distintos estudios de neuroimagen han revelado que hay ciertas áreas cerebrales que se activan de forma diferente cuando alguien miente en comparación con cuando dice la verdad. Áreas como la corteza prefrontal dorsolateral participan en la planificación y en la elaboración de una mentira. El cíngulo anterior se encarga de detectar los errores, mientras que el hipocampo, fundamental para la memoria y la verdad, se inhibe ante la mentira dando paso a una información alternativa. La ínsula, que procesa las emociones y los miedos, se conecta con la amígdala, que es el principal núcleo de control de las emociones y que se activa cada vez que mentimos para conseguir un beneficio.
Se ha descubierto, que la respuesta de la amígdala ante una mentira, disminuye con cada engaño, incluso aunque la mentira se magnifique. Es decir, cuando alguien miente repetidamente, acaba por dejar de responder emocionalmente a sus propias falsedades. La ausencia de sentimientos como la vergüenza o la culpa al mentir hacen que la mentira se convierta en un recurso habitual. Con el tiempo y la mentira como forma de responder ante las eventualidades o adversidades de la vida, el cerebro de un mentiroso funciona de forma diferente, la mente se vuelve astuta para la mentira. En cierto sentido, el cerebro de una persona mentirosa acaba por adaptarse y naturalizar la deshonestidad.
El lenguaje cerebral de la mentira
Quien miente necesita dos cosas, buena memoria y frialdad emocional, esta necesidad lleva a que el cerero tenga que trabajar de modo diferente cuando miente. Cuando la mentira se vuelve algo frecuente en la vida de una persona, el cerebro genera muchas más conexiones neuronales para generar la velocidad de asociación que evite ser descubiertos en la mentira. Para conseguirlo pone en marcha una mayor descarga o inhibición de la química cerebral.
A medida que nos volvemos más mentirosos o mentirosas, nuestra amígdala adormece su reacción de regulación emocional, por lo que la conducta deshonesta cada vez nos genera menos sentimientos de culpa y mintamos casi de memoria. Para ello, en el acto de mentir se involucran diferentes neurotransmisores cerebrales.
Cuando se miente se produce una mayor segregación de dopamina en áreas cerebrales relacionadas con la motivación y el placer, que impulsa la conducta en busca de benéficos personales a través de la mentira. Por el contrario, la serotonina, un mensajero químico que regula el estado de ánimo y la impulsividad disminuye, lo que aumenta la probabilidad de que se mienta sin tener en cuenta las consecuencias de la mentira. Otros neurotransmisores como el glutamato (excitador) potencia la planificación, el control cognitivo y la memora necesarios para sostener el engaño, mientras que la disminución de GABA facilita la desinhibición y el comportamiento deshonesto.
¿Se puede detectar una mentira?
Destapar una mentira no es algo fácil, más bien al contrario, particularmente si la persona que miente tiene buena memoria, es decir, que su hipocampo, estructura clave para la memoria, tenga una mayor capacidad para recuperar información falsa o manipular recuerdos reales. En los grandes mentirosos existe una conexión operativa significativa entre el hipocampo, la corteza prefrontal (planificación) y la amígala (emoción) para crear historias ficticias.
Una vez dicha una mentira, es el cerebro de la víctima de la mentira, el que se pone en marcha para discernir si la información que está recibiendo es auténtica y veraz o no. Aunque es un proceso complejo, es rápido y automático, involucra a una serie de áreas cerebrales y funciones cognitivas que trabajan como si se tratara de un sistema de contraespionaje.
Este sistema detecta antes que nada las incongruencias en la narrativa de quien nos está mintiendo (aunque no sepamos que nos miente), busca si la información que se recibe se ajusta a lo que ya se sabe o conoce, a la propia experiencia y a los estilos de vida y modelos de mundo. Es decir, si hay algo que no encaja, activándose con ello la primera señal de alerta. El sistema analiza también el lenguaje, las palabras elegidas, el tono de voz, la fluidez del discurso y el lenguaje no verbal, en especial la atención a las expresiones faciales.
El análisis de todas estas observaciones lleva a que adoptemos una decisión sobre la veracidad de la información que recibimos, una decisión que tomamos de manera consciente cuando la evidencia de embuste es palmaria, o de manera inconsciente cuando percibimos la mentira. Este proceso, ya lo sabemos, no es perfecto. Podemos ser engañados por mentiras bien elaboradas, o por personas con habilidades para las mentiras muy bien entrenadas, nos pasa a diario.


