Cuando nos enfrentamos a un peligro o a una situación complicada, las glándulas suprarrenales (situadas encima de los riñones) segregan adrenalina, también conocida como epinefrina. Huir ha sido una conducta muy importante para nuestra evolución como especie. En tiempos, fuimos sujetos susceptibles de ser devorados fácilmente por otras especies animales.
Casi todas las personas hemos utilizado en algún momento de nuestras vidas la evitación como forma de afrontar situaciones que nos generan malestar. Sin embargo, hoy, huir y evitar situaciones que nos producen ese malestar o ansiedad, es una conducta que en lugar de suponer una solución se convierte en un verdadero problema. Las respuestas de evitación, aunque puedan parecernos beneficiosas porque nos alivian momentáneamente un sufrimiento; en poco tiempo se vuelven perjudiciales al provocar que nos quedemos encallados en el problema.
Entonces, si la evitación como estrategia de afrontamiento, o mejor dicho de distanciamiento, rara vez nos ayuda, ¿por qué la empleamos con tanta frecuencia?
El círculo vicioso de la evitación
La evitación es la forma en que afrontamos una situación que nos genera miedo, malestar, dolor o sufrimiento. Se trata de una respuesta conductual desadaptativa a esas emociones. La aplicamos de muchas maneras de tal forma que resulta fácil que la conducta de evitación se cronifique en el caso de muchas personas. Casi todas y todos nosotros utilizamos la evitación en numerosas ocasiones, en diferentes circunstancias y contextos. Por ejemplo, cuando procrastinamos o cuando nos repetimos que es mejor dejar de pensar en eso que nos preocupa y enfocarnos en otras cosas.

Evitar es, sin duda, uno de los mecanismos de defensa psicológicos más comunes. Se trata, en muchos casos, de estrategias (algunas más inconscientes que otras) a las que recurrimos para rehuir de emociones o pensamientos que nos generan incertidumbre, temor y angustia. También los estudios psicológicos nos recuerdan que, en la actualidad, condiciones como los trastorno de ansiedad o de pánico tiene, en muchos casos, la evitación como desencadenante.
La evitación es anticipación y es huida. La usamos cuando anticipamos algo malo o desagradable y nos instalamos en la incertidumbre, o cuando queremos huir de una situación dolorosa. También es experiencial, cuando intentamos evitar las propias vivencias, sean en forma de pensamientos, sentimientos, recuerdos, sensaciones o conductas.
Todas las personas inevitablemente a lo largo de nuestra vida experimentamos dolor y cuanto más intentemos evitar ese dolor, más dolor experimentaremos.
Tipos de evitación
Suele ocurrir que, cuando hablamos de mecanismos de defensa, parece que nos estamos refiriendo a esos constructos psicológicos que aplican otras personas y nunca nosotros mismos. Sin embargo, debemos tomar conciencia de algo indiscutible: todos hemos hecho uso de la evitación en algún momento de nuestras vidas, aunque no todos evitamos las mismas cosas de la misma manera. Existen tres tipos de evitación.
La evitación conductual hace referencia a nuestra relación con la acción, con lo que hago o con lo que dejo de hacer. Son las más fáciles de reconocer. Son esas situaciones que uno prefiere evitar porque le generan ansiedad o estrés. Por ejemplo cuando se siente angustia por hablar en público y se rehuye cualquier situación social o laboral en la que esto pueda ser necesario.
La evitación también puede ser de tipo emocional. Por lo general se trata de una experiencia que no resulta tan evidente, como la conductual, para los demás, incluso puede ser complicado que nosotros mismos detectemos las reacciones de evitación emocional. Este tipo de evitación hace referencia a cómo reaccionamos ante las emociones displacenteras (miedo, angustia, rabia, enfado, etc.). La tendencia de evitación, en muchas ocasiones , lleva a la persona a la realización de conductas poco saludables o de riesgo, como el consumo de sustancia o el juego problemático.
Otra de las formas de evitación frecuentes son las de carácter cognitivo. Aquí entran en juego los pensamientos y los imágenes mentales. La evitación viene precedida por la forma en que interpretamos las distintas situaciones de la vida, es decir, por lo que pensamos acerca de ellas. La evitación cognitiva, como cualquier otro tipo de evitación, produce una reducción temporal de la ansiedad y es precisamente este alivio pasajero el que hace que la evitación se convierta en un problema al impedir el afrontamiento de los miedos y, consecuentemente, su procesamiento emocional. Es decir, tratar de controlar esos pensamientos distorsionados, intrusivos y rumiantes, solo consigue que se acaben incrementando.
¿Que efectos tienen las conductas de evitación?
Ya hemos mencionado algunas consecuencias poco deseadas de las conductas de evitación. Incluso, cómo, a pesar de que en algunas ocasiones nos proporcionan algún cierto alivio, este acabar por resultar pasajero y, tras él, los efectos de evitar acaban por provocarnos el mismo, cuando no mayor sufrimiento del que padecíamos.
La realidad, en relación a las conductas y a las estrategias de evitación (algunas aún desarrolladas en terapias obsoletas y en pseudoterapias): la evitación no soluciona nada ni nos salva de esos estímulos es nos preocupan, nos dan miedo o producen ansiedad. Con frecuencia, el simple esfuerzo de pensar en aquello que nos angustia, eleva más el malestar subyacente a esa preocupación o inquietud.

La evitación es una conducta de escasa o ninguna flexibilidad mental; nos conduce al inmovilismo, a la dificultad de desarrollar conductas proactivas que nos ayuden a aceptar y a afrontar mejor nuestros conflictos psicológicos. Algunas estrategias de evitación atentan, incluso, contra la salud física y mental de la persona, a través de conductas de riesgo.
La evitación hace que los problemas se incrementen, particularmente porque las estrategias de evitación tienen una incidencia directa sobre el entorno de quien elabora o ejecuta las estrategias de evitación. Cuando empezamos a rehuir los problemas es común que empecemos a experimentar algún tipo de conflicto con las personas cercanas
Aprender a aceptar
Evitar es algo aprendido, hacemos lo que la mayoría hemos aprendido a hacer: emprender una lucha personal contra nuestro miedo al sufrimiento; intentos y más intentos por controlar pensamientos distorsionados y rumiantes y sentimientos desagradables, mediante conductas de control huida que no hacen otra cosa que empeorar nuestro sufrimiento.
Contrariamente a la evitación, lo que las nuevas terapias proponen es la aceptación como actitud propositiva frente a los conflictos psicológicos y emocionales. Aceptar que los pensamientos, las emociones, los sentimientos y las sensaciones por forman parte de nuestra condición humana y que no podemos controlarlos, sino vivir su experiencia para que ésta no condicione negativamente nuestras vidas.
Aceptar no es renunciar, sino emprender una actitud propositiva con nosotros mismos frente a las situaciones de ansiedad y malestar psíquico; una conducta que se apoya entres pilares fundamentales:
- Identifica la presencia de la evitación en nuestras vidas, lo que nos permitirá ser conscientes de cuanto nos limita. Ésto nos ancla en el presente y nos señala el camino para empezar a actuar de otra forma.
- Reflexiona sobre cuando nos ha limitado en el pasado y nos sigue condicionando en el presente a través de las estrategias de control que hemos tratado de llevar a cabo frente al miedo, el sufrimiento o el malestar. Esta reflexión nos situará igualmente en el presente, en la vida que realmente queremos vivir.
- Exponte a lo que temes. Esta acción potenciará tu atuoconfianza. Probablemente al principio no te será fácil, incluso puede que te provoque sensaciones poco agradables, pero, finalmente, te ayudará a manejar tus temores y ansiedades de una manera más centrada y reforzada.

Si lo deseas, puedes consultarme en este enlace


Una respuesta a «»