Hay amores para siempre, alguno se conjuga con la lástima. Hay amores que se agotan con los años y la rutina, e incluso nada más empezar. También hay amores de nunca jamás, esos que rara vez acaban correspondidos y que alguna vez te matan durante un tiempo. Todos ellos tienen en común que duelen, algunas veces un poco más y otras un poco menos. El amor está hecho de reconciliaciones por amor.
Pero de amores tóxicos no sé. Sé de personas que tal vez conocieron el enamoramiento y acabaron maldiciendo la hora en que se conocieron. Conozco de abusos, dependencias y maltratos entre parejas. Pero en nada de eso he visto amor. Llamar tóxico al amor es como llamar predestinación a la libertad de decidir sobre nuestras vidas.

La persona que amas debe contribuir a tu felicidad, ayudarte a crecer como individuo y fomentar tu libertad e independencia. Sin embargo, como nos recuerda el terapeuta cognitivo y autor superventas Walter Riso, la cultura en la que estamos inmersos se basa en una concepción anacrónica del amor, que considera requisitos previos de sufrimiento, abnegación y renuncia para una relación a largo plazo. Riso lanza un manifiesto para una auténtica «liberación emocional», para mantener relaciones profundas y auténticas con otra persona, sin perder nuestra identidad o ser atrapado en un círculo vicioso de dependencia. El autor propone un amor sabio y total que se reinventará sin obsesiones ni esclavitud. Te amo porque te amo, porque te he elegido y me gusta estar cerca de ti, no porque seas esencial para mi felicidad. No te necesito; Yo prefiero estar contigo.
Y es que lo que llamamos amor tóxico es un ejercicio de falta de libertad, de control excesivo, de ataques de celos desproporcionados. La cuestión es que al amor sin libertad ya le tenemos que llamar distinto, pues se trata de otra cosa. Lo que llamamos «amor tóxico» es una suerte de parásito que habita en el miedo a la soledad.
Lo que conocemos por «amor tóxico» vive de los mitos de exclusividad y posesión. Se caracteriza por un particular criterio o sentido de la equivalencia, como el de creer que son equivalentes enamoramiento y amor, de tal manera que la atracción por alguien se convierte en una obsesión de detentación, usufructo y hasta compra. Desde el punto de vista de la psicología, en este tipo de relaciones la mayor gravedad está contenida en la relación de poder impuesta por los celos exacerbados. El mito de la media naranja apesta a naranja en descomposición en esto que llamamos amor tóxico.
El amor es algo complejo y con dificultad de consenso. Sin duda. Conforme a lo propuesto por Sternberg en su “Teoría del amor triangular”, teoría debatible, pero que no ha dejado de tener gran interés para aproximarnos a una idea del amor, existen tres elementos que interactúan entre sí para formar un tipo de amor u otro. Intimidad, pasión y compromiso son estos tres elementos que defiende esta teoría. Lo que gusta etiquetar como amor tóxico suele cojear de alguna de estas patas, de dos o ninguna. En general, el miembro de la pareja que en una relación tóxica aún mantiene sentimientos de amor o expectativas de correspondencia, suele amar en soledad.

Una relación de amor bien puede convertirse en una relación tóxica. Cuando esto ocurre lo primero que se esfuma es el amor. Se trata de relaciones con equilibrio 0. Ve-ne-no y majadería filantrópica sobrevalorada la que pretende hacernos creer que las vejaciones, la tortura psicológica, el control, el dominio, la obsesión por el otro, la manipulación y la generación de dependencia emocional, se puede apaciguar con palabras y gestos amantísimos.
Las relaciones tóxicas siempre acaban mal. Por lo general, el agente tóxico provoca que sea la otra persona quien ponga fin a la relación. Si ésta está enamorada el sufrimiento es humillante y depresivo.
Nos enumeran algunos expertos las características del «amor tóxico», veamos
- Vuelca su vida pura y exclusivamente en la relación.
Esto que parecería un acto de amor propio de un romanticismo vetusto, pero en realidad se trata deuna pérdida de autonomía personal grave, una caída de la capacidad de autodeterminación de la persona, y una bajada de la autoestima a los infiernos
2. Necesidad permanente de aprobación en busca de seguridad y estabilidad.
El miedo a la soledad parece ser un gran hacedor de amores. Sin embargo, la soledad, decía la letra de una canción es una «estación desesperada». Detrás está una manera patológica de idealización del otro. La falta de confianza en uno mismo tiene en algunos casos rasgos patológicos. En las relaciones amorosas altamente disfuncionales, la necesidad de recibir un trato cargado de afectividad puede llevar a las personas a ser esclavas de comportamientos que las perjudican. Llamar a ésto amor ya no es estar al filo de lo exagerado, sino de lo patético.
3. Dependencia emocional.
Cuando la felicidad depende de las decisiones de otra persona, no existe amor. En el amor no hay cabida para la adicción. Se trata de un problema psicológico muy serio provocado por miedos e incertidumbres. La sensación de seguridad se antepone al sentimiento de felicidad. Las conductas de suelen ser obsesivas.
Como analizamos, ciertamente se trata de características relevantes de las conductas humanas en el contexto de una relación tóxica, eso es evidente. Aquí lo que sobra es la palabra amor, y sobre todo su verdadero significado. No demos gato por liebre.





