La máscara utilizada en el teatro de la Grecia clásica se conocía con el nombre de persona, la palabra personalidad vendrá derivada de este término. Actualmente, la personalidad se entiende como un patrón de características psicológicas complejas y profundamente arraigada en los humanos. La mayoría de ellas son inconscientes y difíciles de cambiar, se expresan normalmente de forma automática en casi todas las áreas de funcionamiento de los individuos. Estos rasgos vienen condicionados por determinantes biológicos y de aprendizajes, así como de la compresión de los patrones de percepción, sentimientos, pensamientos, afrontamientos y comportamientos de los individuos.

Cada quien es cada cual y tiene un tipo de personalidad único e irrepetible. El temperamento de alguien viene determinado por la herencia recibida y las influencias (modelado) de las personas que nos han cuidado de pequeños y el ambiente que nos rodeaba. La personalidad, también, es el resultado de una serie de operaciones mentales, como aquellas por la que construimos nuestra propia imagen, esas otras por las que damos significado al entorno y al mundo y aquella por las que actuamos y nos relacionamos con los demás o a través de las cuales tratamos de encontrar soluciones a los problemas y situaciones con las que nos encontramos a diario.
Los mecanismos por los que se gestionan todas estas operaciones con las que funcionamos, pueden fallar, desarrollarse incorrectamente. Cuando esta disfunción se extiende a diferentes áreas de nuestra vida social y de nuestra vida interna, se produce un trastorno de la personalidad.
Los trastornos de personalidad
Los trastornos de la personalidad (TP) tienen un impacto muy serio en todas las áreas de la vida de la persona que lo padece, produciendo deterioro cognitivo y emocional importante, así como, en algunos de sus tipos clínicos, pérdida del sentido de la realidad y de uno mismo.
Las experiencias tempranas en el Trastorno de Personalidad
Teniendo en cuenta la influencia de los factores biológicos (composición genética y temperamento) y los factores ambientales (experiencias de la vida y en particular las experiencias de la primera infancia), los trastornos de personalidad tendrán que ver, y mucho, en cómo de vulnerable e influenciable es nuestra personalidad.
Así, aunque el temperamento de los bebés venga determinado genéticamente, los bebés dependen de sus cuidadores para su supervivencia, por lo que se establece con éstos un vínculo muy especial que también influirá en el desarrollo de la personalidad de ese niño o de esa niña.

Las diferentes respuestas ambientales afectan al desarrollo emocional de cada niño. Los grupos bien avenidos de bebés y cuidadores se caracterizan por una gran cantidad de interacciones de tono positivo. Se abraza más cariñosamente a un bebé tranquilo y plácido que a uno inquieto e irritable.
El temperamento de un niño determina sus comportamientos y conductas, las cuales activan respuestas conductuales de sus cuidadores. Es en estas interacciones donde pueden tener origen algunas conductas disfuncionales futuras. Los bebés de temperamento sosegado reciben respuestas de mayor cercanía por parte de sus figuras de apego, lo que facilita aprendizajes adaptativos que mejorar su regulación emocional y la expresión de sus necesidades. Sin embargo, un niño con temperamento fuerte, inquieto, con respuestas más irascibles, puede activar reacciones más angustiosas e impulsivas de sus cuidadores, lo cual repercutirá en aprendizajes más disfuncionales, propiciadores de un mayor riesgo de trastornos de la personalidad.
La agresividad dirigida hacia uno mismo o los demás (activa o pasiva) y los comportamientos disruptivos son en muchas ocasiones una forma aprendida de dar respuesta a unas necesidades.
El apego es el vínculo emocional más importante entre el bebé y sus cuidadores. Sus dos pilares fundamentales son el modelo mental (recuerdos de la relación, concepto de la figura de apego y de sí mismo, expectativas de la relación) y los sentimientos de seguridad (proximidad, contacto y ansiedad ante la pérdida).
Se trata de una etapa tan importante para la configuración de la personalidad que, lo progenitores y cuidadores que no sean capaces de interpretar adecuadamente las demandas del niño, o que respondan a sus demandas en base a sus miedos, condicionarán seriamente las capacidades del niño para ser y sentirse capaces de afrontar la vida.
Por eso, en terapia afrontamos el tratamiento de los trastornos de personalidad entendiendo la conducta como síntoma o aprendizaje disfuncional que tendrá una función relacionada con una historia previa de vida.

La personalidad en la disociación estructural
Aunque ya hemos definido anteriormente la personalidad, cabe volver sobre su definición como organización dinámica de sistemas biopsicosociales (abarca los aspectos biológicos, psicológicos y sociales) del individuo que determina sus características mentales y conductuales integradas para que la personalidad se desarrolle sanamente. Y donde entenderemos como patológico la falta de integración, que provocará que el individuo opere erráticamente lleno de conflictos internos.
Entre los sistemas que comprende la personalidad juegan un papel principal los sistemas de acción de defensa frente a la amenaza y los sistemas de adaptación. Ambos sistemas se activan de modo instintivo y se alternan cuando la circunstancia así lo requiera. Es una manera fluida en la que el organismo va respondiendo al entorno. Este sencillo mecanismos suele desajustarse cuando la experiencia traumática da paso a la disociación estructural primaria.



