La magia está en el cerebro


Todos tenemos recuerdos agradables de la infancia, al menos de algunos de los momentos más bonitos que vivimos de niños o de niñas. En mi caso, uno de esos instantes de felicidad lo viví cuando me regalaron un juego de magia por mi cumpleaños; tendría nueve o diez años.

La felicidad no tiene forma ni puede comprarse. Inmaterial y efímera, la felicidad es un sentimiento que nos llena de emoción. Especialmente, para los niños, esta emoción es un logro, una conquista. En general, la felicidad en los niños no es muy material, en realidad son más felices, por ejemplo, cuando les dedicamos tiempo de juego que cuando le compramos un juguete con el que juegan solos. El juego de magia era más divertido por la audiencia (mis padres, mis abuelos, algunas niñas y niños del barrio) que por los trucos. Porque la magia está en la cabeza y es capaz de estimular la segregación de las hormonas de la felicidad.

El sistema de recompensa del cerebro es el encargado de mediar la sensación de placer en el organismo. Lo componen diversas estructuras cerebrales, entre las que destacan el área ventral tegmental que corre a lo largo del mesencéfalo y el núcleo accumbens en la zona ventral del cuerpo estriado. Los neuorotransmisores que actúan sobre estas estructuras cuando se recibe un estímulo o una acción con capacidad para generar placer en el individuo, son la dopamina, el GABA y el glutamato. La magia,que es la ilusión de la percepción, dispara las neuronas del placer.

la creación de una ilusión

Hace tiempo que, la neurociencia, y particularmente la neuropsicología y la psicología conocen la relación que se establece entre la magia (el ilusionismo) y el cerebro. El ilusionismo es un arte, forma parte e la cultura, como la pintura o la literatura. es el arte de ilusionar a nuestros sentidos, a nuestro cerebro, mediante juego de manos, coloquialmente llamados trucos.

Magia y cerebro están íntimamente relacionados. La magia es la ilusión de la percepción y la percepción se produce en nuestro cerebro.

Photo by Tima Miroshnichenko

Las ilusiones «mágicas» son muy reales, no solo las vemos, sino que también las disfrutamos. Su existencia se relaciona directamente con nuestro cerebro, y concretamente, con las limitaciones neuronales de nuestro cerebro. Por lo tanto, nuestra percepción del mundo, al igual que otros procesos psicológicos básicos es limitada.

Nuestro cerebro es experto en tomar atajos mentales, también llamados heurísticos (supuestos, inferencias, hipótesis, etc.) sobre los cuales debe tomar decisiones. Como resulta que los humanos solemos ser más intuitivos que racionales, los atajos mentales son el «truco» por el que ponemos bajo control los sesgos cognitivos; esos pequeños fallos que nos pueden hacer percibir la realidad de forma errónea, simulada o enmascarada, como ocurre con el ilusionismo. Los magos toman ventaja de que tenemos una capacidad mental limitada.

Cuando se recrea aquello que no existe, nace una ilusión visual. Esto es posible porque nuestro cerebro rellena huecos, se pierde los detalles porque todo lo que está en la periferia está borroso y se distrae con una canción , un ruido, una emoción o un juego de manos. Cuando el mago nos hace reír, por ejemplo, nuestra atención baja momentáneamente y nos deja más expuestos al engaño durante unos segundos. También construye una falsa continuidad entre unos eventos y otros, aunque los cambios salten a la vista.

Cuando realizamos determinadas tareas, muchas de ellas forma parte de nuestra vida cotidiana, tenemos la percepción de que la realidad es un continuo. Sin embargo, no es esta la realidad. Estamos constantemente moviendo los ojos, percibimos el mundo de forma discontinua, pero en cambio nos parece continuo. De esto, de mantener la ilusión de continuidad visual, se encarga la memoria a corto plazo.

Muchos de los trucos que utilizan los ilusionistas están construidos a partir del fenómeno que se produce en nuestra memoria icónica conocido como ceguera al cambio. Dicho fenómeno hace referencia al hecho de que seamos incapaces de detectar o de percibir ciertos cambios que se producen en nuestro campo visual, cuando estos son inesperados o graduales. Esta ceguera perceptiva afecta a cualquier persona, independientemente de déficits cognitivos, si bien el efecto aumenta a medida que las personas se hacen mayores o en aquellas que padecen trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Cuando centramos nuestra atención en un foco determinado, el resto del mundo desaparece para nuestro cerebro. Los magos utilizan esta realidad psicológica y otras muchas durante sus actuaciones. Tratan de que miremos donde ellos quieren para que su truco nos sea invisible; incluso borran de nuestra memoria lo que acaba de su ceder en el momento del efecto ilusionista utilizando preguntas que nublan nuestro razonamiento y cambiarán lo que luego recordemos. Los buenos magos son los que se preocupan por estudiar y conocer cómo funciona la percepción humana con el fin de mejorar sus trucos.

La ciencia también se ha servicio de la magia ilusionista para avanzar en el conocimiento de cómo funciona el cerebro. Por ejemplo, en un experimento , a través de un pequeño juego de manos para cambiar la elección de los participantes entre dos opciones. Los sujetos elegían entre dos fotografías y explicaban los motivos por los que habían escogido una de ellas sin saber que el investigador les había dado la opción descartada, se contribuyó a profundizar en el fenómeno conocido como de ceguera a la elección, o de cómo nuestras opiniones son mucho más maleables de lo que nos pensamos.

Aunque disfruté con mi juego infantil de magia y durante toda mi vida me han atraído los trucos ilusionistas, me he dedicado a la psicología. En el estudio de la mente humana y de los conflictos mentales y psicológicos, clínicos o psicosociales, ver magia y aprender trucos (muy sencillos), me ha ayudado, de alguna manera, a entender cómo fallan nuestras percepciones y el funcionamiento de nuestro cerebro ante las ilusiones ópticas. Pero, la magia, sobretodo, me devuelve por unos instantes mágicos a disfrutar de mayor como aquel niño aprendiz de mago.

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