La transformación de la masculinidad hegemónica


Con mi buena amiga, la antropóloga Sofia Di Luca, y en relación con un grupo de trabajo terapéutico grupal con hombres, en la localidad grancanaria de Santa Lucía, reflexionábamos sobre la deconstrucción de la masculinidad social tradicional. Coincidíamos ( ella que me abre puertas a mi feminismo) en que algunas de las identidades más sólidas de la sociedad, como la familia, el trabajo o las concepciones sobre la feminidad y la masculinidad hegemónica, aunque con lentitud, están en transformación.

Esto, no obstante, no puede llevarnos a pensar que la identidad masculina y los modelos en que nos hemos educado los hombres en la construcción de la masculinidad, está sufriendo una transformación importante e impactante en la realidad social actual de los hombres y de las mujeres, porque la realidad continúan siendo que la configuración, su continuidad y su transmisión permanecen fuertemente estables.

La masculinidad social tradicional

En el proceso de socialización, los niños continúan recibiendo información relacionada con el control de las emociones, el dominio del cuerpo público, la fuerza física y la sexualidad, que, como ocurría con las generaciones anteriores, continúa sosteniendo el perfil del «verdadero hombre», es decir, se les exige ser dominantes y controladores. Se nos viene solicitando históricamente desde edades muy tempranas a actuar de forma independiente conforme a lo que establece la expresión del modelo hegemónico de masculinidad.

La masculinidad hegemónica se identifica como un conjunto de valores y características tradicionales para los hombres, como ser heterosexuales, ser proveedores, fuertes e inhibidores de sus emociones de tal manera que, el manejo emocional se convierta en un dispositivo que perpetúe la asimetría entre hombres y mujeres, conforme a las prácticas sociales para los varones predominante en nuestra cultura patriarcal, con variaciones, pero persistente.

Como todos los productos de la cultura patriarcal, la masculinidad hegemónica es un operardor marcado por la dicotomía y la desigualdad, por lo que la inferiorización de las mujeres y de los otros no masculinos constituye elemento fundamental en su construcción y en su ubicación en el polo de la superioridad, necesitando, a su vez, de la creación de subordinadas y subordinados para poder reafirmarse.

La masculinidad hegemónica del sistema patriarcal organiza e impregna la constitución del sujeto masculino, y determina su modo de vida de acorde con el cumplimiento de los valores que ella adjudica. Se convierte así, en un organizador de la construcción del psiquismo y cuerpo masculino y lo hace en interrelación con otras relaciones de poder como la edad, la clase social, la poción sexual o la etnia. Su poder organizador excluye la diversidad y perpetúa la injusticia distributiva contra las mujeres de los tiempos, espacios y funciones sociales.

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Estudios recientes (Rodríguez y González de la Torre, «Masculinidades y emociones: una construcción sociocultural«, 2017) han venidos a evidenciar las consecuencias psicológicas, física y relacionales negativas de la masculinidad tradicional

A la socialización del rol tradicional, la investigación científica más reciente, también le atribuye patrones interpersonales cognitivos y de conducta que son peligrosos para la sociedad y para las personas, particularmente para las mujeres. Estos rasgos incluyen, entre otros: violencia, violencia doméstica, violencia de género, agresión sexual, comportamiento sexual desadaptativo, abuso de sustancias (Gough, Robertson & Robinso, 2016). La educación machista aumenta las probabilidades de padecer trastornos de personalidad antisocial e incrementa los índices de depresión y suicidio. Lo más común, sin embargo, en la dificultad para formar relaciones cercanas y duraderas basadas en la asertividad y en la correspondencia emocional.

Photo by Anete Lusina

Consecuencias psicológicas y psicosociales de la masculinidad hegemónica

Por su propia constitución tal cual está establecida, la masculinidad hegemónica tiene consecuencias complejas en las personas socializadas a partir del establecimientos de sus creencias, lo que estructuralmente promueve sujetos varones con déficit, mutaciones deshumanizadoras y conflictos en múltiples áreas de la vida, siendo, para sí mismos y para el resto de las personas factor de riesgo para la salud y la vida.

Específicamente, la masculinidad hegemónica genera sujetos masculinos hiperconcentrados en sí mismos, obsesivos y omnipotentes; desconectados de la individualidad ajena, herméticos, tendientes a la indiferencia, controladores, definidos en contra y a costa de otras personas.

Impulsados a ser siempre más, la masculinidad tradicional patriarcal, genera individuos controladores, expertos en la distancia larga, a la defensiva, centrados en la evitación, raciales y con vínculos despersonalizados y con predominio de la negación.

Apurados y torpes, centrados en lo exterior, especialistas en fingir superioridad y control. En los casos más extremos: incapaces de dudar y aceptar errores, se niegan a acepar errores y pueden actuar con violencia y discriminación.

Photo by Gustavo Fring

Masculinidad en transformación

La masculinidad hegemónica domina de manera generalizada. Aunque cada vez existen iniciativas y programas dirigidos hacia una nueva masculinidad, aún hay pocos hombres nuevos y entre algunos (bastantes) jóvenes varones parece haberse producido una involución de los avances en igualdad, hacia la adquisición de las características propias del hombre «antiguo». La permanencia y prevalencia de los roles tradicionales se fundamenta en los privilegios personales y sociales de siempre, incluso, paradójicamente, a conciencia de los problemas psicológicos que suelen provocar, como hemos indicado más arriba.

Desde la investigación social y psicológica se recomienda el cuestionamiento de las creencias de la masculinidad hegemónica con la que la mayoría de nosotros, seamos más viejos o más jóvenes, hemos sido educados, por ejemplo, a través de los programas de transformación de género que nos permitan cambiar las rígidas normas de género y los desequilibrios de poder.

La masculinidad como producto historicosocial puede transformarse, si hay deseo personal y social pro romper este imaginario. Para conseguirlo hay que incidir los cambios sobre todos los componentes de la masculinidad hegemónica y logras otra masculinidad y no versiones light de la dominante. Es decir, no es suficiente con la voluntad de querer o intentar, por parte de los hombres (y también de las mujeres machistas), de ser menos autosuficientes o violentos y más igualitarios; sino de deshacer las múltiples estructuraciones sociales e individuales de su modelo de sujetos masculinos.

Tengamos en cuenta que la masculinidad hegemónica de es algo que nos podemos poner o quitar a demanda, ya que está inscrita en nuestra identidad subjetiva, corporal y vincular, y modela nuestra posición existencial, por lo tanto modificarla supone un cambio identitario y posicional., que será generacional y necesitará inversiones a largo plazo necesaria para promover la masculinidad no hegemónica.

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