Llega la Navidad. Con ella alegría para muchas personas. Es, sin lugar a dudas, la época del año más festejada. Y, con ella, alegría esperada y hermosa para muchas personas. Calles brillantes de luces y color, escaparates rebosados de regalos, personas repletas de expectativa de cambios positivos en sus vidas, niños desbordados por las ilusiones. Pero, también, la Navidad trae melancolía y tristeza para otras personas; melancolía que a veces ni siquiera son capaces de identificar con claridad.
Probablemente, a todos, nos cautivó la navidad en algún momento. De pequeños eramos fácilmente fascinables por el ambiente navideño; la Navidad tiene imágenes, olores y sabores anclados en nuestra memoria individual y colectiva. De adultos, nos adaptamos a la pérdida de la inocencia, de la curiosidad, de la ternura y de la ilusión que nos provocaban los seres mágicos que habitan la Navidad, con distinta suerte. Algunos presentan dificultades con la nostalgia de aquellos días mágicos y eso les provoca algunas emociones contradictorias que colisionan en algún punto entre la alegría y la tristeza. Las malas experiencias vitales, en otras personas, producen el rechazo de la Navidad. Las ausencias de los seres queridos también se llevan peor en Navidad.

La Navidad es un estado mental y cultural
La Navidad es más que una fecha en el calendario, es más que una fiesta, incluso es más que las creencias que representa y que los mitos que se la atribuyen. Es un estado mental. Es decir, puede ejercer una influencia notable en nuestro nivel de conciencia y grado de atención y, como no, a nuestra conducta. Y es que, de lo que no cabe la menor duda, es que la Navidad y el cambio de año son situaciones de gran descarga emocional.
Las emociones, por estas fechas, nos colman a unos y nos desbordan a otros. Pasamos, sin saber muy bien porqué , de la ilusión y la alegría a la tristeza y la añoranza. A veces, estos cambios emocionales son rápidos y pasajeros, en otras ocasiones, por el contrario, son recurrentes y profundos. Y resulta paradójico que la Navidad no sería Navidad sin los unos y los otros. Es cultural. En las civilizaciones, en las sociedades influenciadas por el cristianismo, la Navidad ha adquirido una dimensión psicológica basada en la fluctuación de los estados de ánimo estimulados por los recuerdos. En la construcción que hacemos de los recuerdos relacionados con la Navidad (quiero recordar que la memoria humana no es una registradora de datos, sino que construye a partir de información alojada en determinadas estructuras cerebrales), la nostalgia y la melancolía son maestros de obra.
La Navidad es una época de unión familiar ,de celebraciones y de instantes que causan sensación de felicidad. Para quien la vive así, la tristeza de algunos recuerdo se acaba diluyendo entre las burbujas de las bebidas espirituosas, las risas y el mazapán. Para quien la experimenta con una tristeza y una melancolía insoportable, la Navidad les puede acercar peligrosamente al filo de la depresión.

Pero ¿por qué nos sentimos melancólicos en Navidad?
Empezaré por algo obvio para la neurociencia y en lo que creo que casi todo el mundo ha pensado alguna vez. La Navidad coincide con el solsticio de invierno, las noches más largas del año. La falta de luz solar tiene una importancia no desdeñable en nuestro estado de ánimo, provocando, en según quien , algunos trastornos afectivos del humor; hay quien acaba sobrepasando, incluso, el umbral de la hipomanía.
De hecho, la negrura y la pesadumbre que causaba entre las personas el advenimiento de estos días fríos y sombríos, en los que la ausencia de sol da lugar a un decaimiento en neurotransmisores hormonales como la seortonina y la melatonina, está en el origen de las velas, las guirnaldas y las bombillas con las que inundamos nuestras calles y casas en estos días.
Por otro lado, la melancolía navideña tiene que ver con el anhelo de algo perdido, ausente. Por Navidad no vuelven a casa solo aquellos que están lejos o que hace tiempo que no vemos, también regresan en forma de nostalgia aquellos que se han ido para siempre y tanto echamos de menos. La Navidad remueve el psiquismo y nos devuelve a nuestros «fantasmas». Los duelos pueden reabrirse en estas fechas, especialmente aquellos que no se cerraron adecuadamente. En las personas que sufren conflictos de ansiedad y depresión, también aparece por estas fechas un extraño fenómeno de pérdida y de temores inciertos.
No son pocos los casos en los que la familia, y particularmente la familia en Navidad, es fuente de sinsabores y conflictos, y el origen de algunos traumas, y el momento del año en el que se destapa el tarro de todos los reproches reprimidos.
En ocasiones, la tristeza en Navidad nos desborda y conviene un poco de ayuda terapéutica para resituarnos en una realidad que nos proporcione calidad de vida y bienestar psicológico y emocional.

¿Cómo superar la melancolía en navidad?
La melancolía de la Navidad nos la provoca, más que cualquier otra cosa que suceda en estas fechas, el miedo a enfrentarnos a las sillas vacías. Es tiempo de añoranza, de quien se nos fue de este mundo, de la persona que está lejos, de a quien la vida llevó por otro camino distinto al nuestro, la que eligió no estar. Sillas vacías que nos acompañan en estas fechas para trasladar emociones del pasado a nuestro presente.
Es importante modular la ansiedad que produce la inminencia de los sentimientos de melancolía. La Navidad puede cumplir una función terapéutica muy positiva si podemos recordar a quienes ya no están entre nosotros de una manera sana. Y una buena manera de conseguirlo es entender que nos podemos permitir la nostalgia de los recuerdos. La tristeza así experimentada es un sentimiento sano.
En Navidad – podemos hacerlo en cualquier otro día del año, pero la Navidad se presta mucho a ello – recordar lo rica que son y han sido nuestras vidas, de lo capaces que somos y hemos sido de superar las adversidades, las pérdidas, de cómo hemos afrontado los desafíos, de cómo hemos caído y vuelto a levantarnos.
Hay quien, sin embargo no sabe, no puede gestionar esta melancolía y los días de Navidad se le vuelven insufribles y largos. Solo desean que pasen lo más rápidamente que sea posible. No tiene la resiliencia suficiente que le hago posible disfrutar de las nostálgicas Fiestas Navideñas. Cuando esto ocurre, no es necesario que nos vayamos a una isla desierta hasta que las fiestas hayan pasado. En estos casos, si resulta que la Navidad no te hace feliz, conviene que tengas claro que no has de forzar lo que no sientes.
Lo principal es no obligarnos a sentirnos bien. No tiene sentido forzar las cosas, obligarnos a que nos gusten estas fechas. Si forzamos un sentimiento que no tenemos, solo conseguiremos sentirnos mucho peor. Aunque no resultará fácil, lo que tenemos que hacer en estos casos es considerar estos días como un día más en el que nuestro entorno se engalana de un ambiente del que no queremos participar.
Pero si lo que deseas es buscar caminos en los que gestionar mejor esta melancolía y vivir con serenidad estas fechas, te voy a recomendar algunas estrategias que suelen funcionar muy bien.

Estrategias para gestionar la tristeza
- Ayudar a los demás te ayuda. Participar en acciones en favor de otras persona menos favorecidas por la vida que tu eleva la autoestima. Proporciona una perspectiva de la vida que nos facilita estar mejor , también, con nosotros mismos.
- Céntrate en los que están. Pon el foco en el presente, céntrate en hacer felices a los que en estos días comparten la Navidad contigo. Si estás sola/o, vuelve sobre el punto anterior.
- No te sientas obligado a hacer regalos. Consume con inteligencia. Evitarás la frustración de expectativas.
- Dedícate tiempo para pensar qué quieres de verdad. Comparte lo que te hace feliz de verdad.
En estos tiempos cínicos en los que la bondad, la alegría y la generosidad están denostadas por su supuesta candidez, conviene recordar que son esos los sentimientos que nos hacen, a nosotros y a los demás, más humanos, más sanos y más inteligentes. Sea, pues, cariñoso, tolerante y conciliador con su familia y consigo mismo. Es el mejor regalo que se puede hacer: cultivar su salud mental. Si en estas semanas lo ha conseguido, considere que le ha tocado la lotería. Disfrute del premio.


