Cómo afecta el trauma infantil en la edad adulta


Los sucesos traumáticos infantiles se describen como aquellos acontecimientos que ponen en riesgo la vida o la integridad de las personas (abusos, violaciones, accidentes, enfermedades, violencia, abandonos), ya sean experiencias vividas directamente o presenciadas de manera cercana.

Siendo la infancia y también la adolescencia etapas de gran intensidad y vulnerabilidad en la construcción de nuestra personalidad y nuestra forma de sentir y actuar, los hechos traumáticos que suceden en esas épocas tienen una gran repercusión negativa en las experiencias que vivimos a esas edades y una enorme influencia en las vivencias de adultos, en referencia a nosotros mismos, en la adaptación al medio en el que hemos de vivir y en las relaciones con los demás.

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Sin embargo, cualquier situación que en la infancia y en la adolescencia nos sobrepase, no seamos capaces de asimilar y que se mantiene en el tiempo, puede convertirse en una experiencia traumática. Tal es así que, es el trauma generado a través de las relaciones interpersonales, especialmente con las personas involucradas en la crianza y educación de los menores, es de los más frecuentes. Los abusos y malos tratos, la desatención y el abandono están en el origen de estos desórdenes psíquicos.

Consecuencias del trauma en la infancia y en la adolescencia

Madres y padres, y en su defecto otras personas (abuelos, tíos , tutores) que se relacionan con el niño, son las figuras de apego primarias cuya función principal en la de atender y por tanto regular las necesidades del niño y dar sentido a aquello que le rodea. Es a través de la relación con estos primeros cuidadores que el niño va creando una visión del mundo, de los otros y de sí mismo. El apego, por tanto, tiene un carácter protector.

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Para que un niño crezca hasta convertirse en un adulto con confianza en sí mismo y en los demás y pueda formar relaciones saludables, necesita vivir una infancia de vínculos fuertes de seguridad y confianza. El apego es un apoyo de idea y vuelta entre el niño y el adulto que es muy saludable para el cerebro en desarrollo, produce interacciones muy positivas para la construcción de las conexiones neuronales. Cuando se experimenta una ruptura del apego, de esta «interacción servir y retornar», si la persona que cuida no fue confiable, fue incapaz de amar y proteger, pueden generarse problemas emocionales y de salud mental, a veces traumáticos.

«Los niños no necesitan una «infancia perfecta». Sin embargo, los niños necesitan sentirse amados y aceptados sin importar su comportamiento, y necesitan apoyo para lidiar con el estrés. También requieren rutinas, juegos, conexión social saludable y buenos modelos a seguir”.

Cuando las figuras de apego son peligrosas para los niños.

Quienes han sido expuestos a ambientes de malos tratos, abusos de todo tipo, negligencia, abandono o cualquier otro tipo de ambiente y circunstancia nociva durante la infancia, aprenden conductas de evitación durante la infancia y la adolescencia que, con frecuencia, también se reproducen en la edad adulta. Los niños desatendidos emocionalmente por sus progenitores o cuidadores (adultos maltratadores o ausentes, personas desentendidas, vivencias de los niños con enfermedades de sus mayores que les privan de sus propias necesidades afectivas) experimentan inseguridad en casi todo los aspectos de sus vidas. El niño desarrollará tendencia a la evitación de las relaciones sociales o, por el contrario, buscará un afecto cuasi obsesivo.

Los traumas a edades infantiles causan cambios en áreas del cerebro que se ocupan del estrés, muy visibles a edad adulta.

Photo by Kat Jayne
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Consecuencias del trauma infantil en la edad adulta

Muchas personas, en la edad adulta, pueden sufrir sintomatología traumática sin haber vivido, necesariamente, situaciones de violencia o maltrato en la infancia. Pero, en general, las vivencias traumáticas durante la infancia y la adolescencia, suelen acarrear consecuencias problemáticas en la edad adulta. Miradas despectivas, comentarios dañinos, burlas, descalificaciones o situaciones que son dolorosas en forma sistemática cuando somos niños, pueden quedar marcadas en nuestra memoria generando dolor en la edad adulta y condicionando el tipo de decisiones y relaciones que se mantienen.

Las personas expuestas a ambientes de malos tratos, negligencia, abusos sexuales o cualquier otro tipo de ambiente nocivo, perjudicial para su desarrollo normalizado en la infancia, han de desarrollar estrategias para sobrevivir. En los casos en que esto ha sido así, podemos hablar de que el adolescente o el adulto ha desarrollado su capacidad para la resiliencia y, en consecuencia, ha podido afrontar el hecho traumático de una manera menos perjudicial para su bienestar psicológico. Por el contrario, cuando la experiencia traumática no ha sido afrontada, la persona tiene dificultades muy serias para distinguir las relaciones seguras de las que no lo son, para poner límites a conductas desadaptadas, problemáticas o adictivas.

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No haber reparado el trauma en edades tempranas produce adultos evitativos, miedosos, inseguros, con carencias afectivas importantes. Con frecuencia, la persona que ha crecido soportado una memoria traumática se manifiesta menos empática, oculta en mayor medida sus sentimientos y experimenta dependencia: a la pareja, a hijos, a madres o a cualquier figura que puede proporcionales ese vínculo emocional que no tuvieron en su infancia y/o en su adolescencia. Las relaciones íntimas entre adultos quedan muy afectadas por los conflictos traumáticos no resueltos.

El miedo ( a veces muy irracional) a la soledad o el abandono originan comportamientos distantes, como de no estar presentes en una relación. Explican, también, el no poder dejar una relación tóxica como la de mantenerse al lado de una pareja que hace daño o el sentir que un hijo no debe irse de nuestro lado.

Los traumas, tanto los que persisten de la niñez, como los que podemos sufrir ya de adultos, pueden provocar un declive cognitivo progresivo a medida que la persona envejece. Una reciente publicación en la revista científica ‘Journal of Traumatic Stress ‘, encontró que los traumas recientes sufridos en la edad adulta tienen un mayor impacto en algunos aspectos del funcionamiento cognitivo que los traumas de la infancia.



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