Quien más y quien menos ha experimentado vergüenza en algún momento de su vida. Es una emoción social, que puede llegar a ser profundamente angustiosa e incómoda, que habitualmente aparece cuando sentimos haber cometido algún error, evaluamos nuestras acciones como negativas o nos tenemos que enfrentar a una determinada situación ante otras personas. La vergüenza, implica sentimientos de insuficiencia, autoevaluación negativa y timidez, en respuesta a lo que hacemos y, también y más habitualmente, a lo que percibimos.
¿De dónde viene la vergüenza?
La vergüenza se origina de un sentimiento de vulnerabilidad de nosotros con respecto a los otros. Este sentimiento se manifiesta a partir de diferentes factores. Por un lado, de diversos conflictos, algunos traumáticos en nuestro mundo interior, durante la construcción de nuestra personalidad en la adolescencia o por eventos producidos en edades más avanzadas, mayoritariamente relacionados con las necesidades de aprobación o abandono emocional.
Crecer en familias abusivas o disfuncionales o sintieron una constante desaprobación, también han desarrollado sentimientos de vergüenza, a veces intensos. Muchos padres, sin llegar a estos extremos de desestructuración familiar, también son generadores de vergüenza en sus hijos a través de creencias estereotipadas y prejuicios. Cuando las personas que están destinadas a amarnos y cuidarnos, en cambio, nos hacen sentir imperfectos, no es de extrañar que nos sintamos desagradables e inherentemente defectuosos como adultos.
En general, todos los problemas relacionados con una baja autoestima, van acompañados de sentimientos de vergüenza en mayor o menor grado.
Pero, la vergüenza, no deja de ser una emoción, y como todas las emociones, es una respuesta de nuestro organismo para adaptarse al entorno.
La vergüenza como mecanismo de adaptación
Desde la óptica de la psicología, la vergüenza puede ser una respuesta de autorregulación de la personalidad. Es, en realidad, uno de esos mecanismos evolutivos que también contribuye, pese a lo que popularmente se pueda pensar (es una emoción muy incomprendida) a adaptarnos mejor a nuestro espacio vital y nos permite asumir las reglas sociales como propias.
Más allá del miedo, bloqueo, confusión o deseo de ser invisibles que nos produce, la vergüenza, como emoción autoconsciente, tiene una función de regulación social que favorece nuestra integración grupal, nos ayuda a cumplir las expectativas sociales. En su modo más funcional, la vergüenza es una forma sana de proteger nuestra imagen ante los demás y mantener nuestros vínculos sociales. Sobreponernos a los sentimientos de vergüenza mejora notablemente nuestra autoestima.

¿Cuándo se convierte la vergüenza en algo negativo?
La vergüenza, es ese tipo de emoción que aparece frecuentemente en lo cotidiano, muy extendida en la sociedad; no hay más que echar un vistazo a los numerosos sinónimos que tiene: rubor timidez, bochorno, retraimiento. Pensar en «el qué dirán» puede ser algo que nos agobie, que nos cree ansiedad e inseguridad.
La vergüenza es una emoción con capacidad para desbordarnos interfiriendo en nuestras actividades cotidianas, puede convertirse el algo perjudicial y potencialmente patológico. Es frecuente que, cuando la vergüenza se manifiesta como un fenómeno inadaptado a nuestra realidad, cuando está cargada de culpa o de mentiras para disimularla, se viva como una experiencia cargada de pena, angustia, malestar y dolor. Cuando ocurre esto la persona se siente perdida, envuelta en un circulo de autocompasión que debilita su autoestima y su capacidad de interacción con los demás. La valoración que se hace de uno mismo en estos casos es muy negativa porque piensa que es indigno, defectuoso, deficiente, imperfecto o peor en comparación con el resto de la sociedad.
Hay quien considera que vergüenza y culpa son sentimientos muy relacionados. En ocasiones es así, cuando el sentimiento aparece después de haber cometido algún tipo de error. Pero hay que entender que, mientras la culpa es un sentimiento sobre nuestras acciones, la vergüenza aparece a partir de sentimientos sobre nosotros mismos. Lo que tienen más en común es que, cuando estos sentimientos se apoderan de nosotros, nos volvemos más cobardes, la tendencia más generalizada es a ocultarnos. No solo nos entra el miedo de mostrarnos ante los demás, sino que acabamos buscando cómo ocultarnos de nosotros mismos, de cómo somos.
La vergüenza, cuando se transforma en patológica, es un bucle del que resulta muy difícil salir sin ayuda terapéutica. Nos abarrotamos con mensajes negativos, limitantes, que nos paralizan, que condicionan nuestra realidad hasta el extremo de lo absurdo. Lo habitual, es que los sentimientos de vergüenza patológica sea una experiencia dolorosa llena de inseguridades y temores, y de mucha, mucha ansiedad anticipatoria.

Los eventos traumáticos son, igualmente, generadores de poderosos sentimientos de vergüenza. Esto puede deberse a alguna responsabilidad percibida por un incidente o al estigma en torno a un hecho existencial. Cuando el detonante son eventos traumáticos, la vergüenza se transforma en un fenómeno que se perpetúa en sí mismo. De ahí que cuando la vergüenza pueda llegar a manifestarse en forma de desprecio (hacia si mismos o hacia los demás), enfado y control de los demás. Y de modo más interiorizado a través del perfeccionismo, el retraimiento, sentimientos de inutilidad e, incluso, adicciones.
La vergüenza crónica tiene un impacto muy negativo en nuestra salud mental, aumenta el riego de ansiedad, depresión y suicidios.
Cómo superar los sentimientos de vergüenza patológicos.
Se trata de un problema que requiere atención especializada, dado sus componentes psicológicos y psicosociales implicados. Los psicólogos somos los especialistas adecuados para trabajar con los pensamientos y las emociones que generan los sentimientos de vergüenza. Las terapias y los entrenamientos en Habilidades Sociales son, sin duda, la mejor manera de abordar este problema con garantías de solución, o al menos, de reducción a límites que no condicionen negativamente nuestras vidas.
Es muy conveniente profundizar en el conocimiento de uno mismo para afrontar la vergüenza. De igual manera, hay que revisar los eventos acaecidos en nuestra vida y superar aquellos que, de alguna manera, aún tengan influencia sobre nuestro presente. Desarrollar una actitud compasiva hacia nosotros mismo también es de gran ayuda, así como aceptarnos y estar dispuestos a afrontar el problema para solucionarlo.
Sin duda, y sin ser patológico, en absoluto, uno los sentimientos de vergüenza que muchas personas más experimentan tienen que ver con el sexo. Aquí les comparto unas orientaciones de la psicóloga y sexóloga Nayara Malnero, que quizás puedan ser de utilidad para alguien.


