De porqué la música triste es terapéutica


La música y el estado de ánimo

La relación entre la música y los estados de ánimo es incuestionable; lo sabemos desde los orígenes en que fuimos capaces de percibir sonidos. Más que ninguna otra arte, la música produce numerosos beneficios sobre la salud mental. Los filósofos antiguos desde Platón a Confucio nos enseñaron el poder de la música para calmar las tensiones. La investigación neurocientífica moderna apoya la sabiduría popular de que la música beneficia el estado de ánimo y la confianza.

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El ser humano es tremendamente sonoro, musical, nos encanta el efecto que los sonidos acompasados producen sobre nuestros neuroreceptores y activan toda nuestra cinestesia mental y corporal. La música nos despierta una fascinación inigualable, penetra con facilidad en todas nuestras estructuras mentales (hay melodías y canciones que se nos graban para siempre en nuestro hipocampo) y modela nuestras emociones, siendo especialmente beneficiosa cuando tenemos el estado de ánimo a la altura del betún. Pero ¿por qué esto es así, por qué la música melancólica son tan atractivas cuando estamos tristes?

El efecto terapéutico de la música triste

Antes que cualquier otra consideración sobre el efecto de mejora que produce la música sobre los estados de ánimo apesadumbrados, hay que definir qué se entiende o considera como música triste.

Cada uno de nosotros y nosotras no escuchamos la música de la misma manera, sino que lo hacemos según nos evoquen unas u otras emociones. Consecuentemente con esto, la música que consideramos triste, nos provocará reacciones de acuerdo a lo que como oyentes proyectemos sobre una melodía/letra. Casi todos nosotros en nuestra adolescencias y victimas del desamor, y con el ánimo de contener nuestro desasosiego, acudíamos a canciones melancólicas en la privacidad de nuestros auriculares. El efecto de esta conducta resultaba enormemente analgésico, especialmente si se acompañaba del sabor a mar de las lágrimas, tan curativas.

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La tristeza es una emoción básica a la que solemos considerar como negativa. Los vendedores del humo positivista, rechazan algo que la ciencia ha demostrado como eficiente de la tristeza, su capacidad para inducirnos la aflicción catártica; es decir, el cambio de la situación que nos aflige. La música triste tienen una enorme capacidad para provocar este efecto de desbloqueo y una sensación de alivio muy positiva. Algunos estudios de musicología cognitiva defienden que escuchar música que nos evoca recuerdos, aunque sean dolorosos, facilita la segregación de prolactina, hormona que nos produce un estado fisiológico de tranquilidad y psicológico de consuelo.

Hacen apenas cuatro años, a principios de 2016, se llegó a la conclusión a través de diferentes estudios de que, la música facilitaba el desahogo de los estados emocionales de tristeza al propiciar la aceptación de la negatividad de eventos y situaciones de la vida y las relaciones. Experimentar las emociones de tristeza a través del tamiz de la música (también funciona con el cine, e incluso con el teatro) puede resultar una buena forma de minimizar los efectos depresores de los estados de ánimo de decaimiento y soledad.

Pero hay tristezas y tristezas

El componente terapéutico de la música en general y de la música triste en particular, tiene dos componentes o dimensiones básicas. Por un lado la «emoción sentida» que es la que, directamente, provoca la música y las letras de las canciones en quien las oye y, por otro, la «emoción percibida», o manera en que consideramos que la música expresa lo que sentimos. En la confluencia discrepante de estos dos estados emocionales, la experiencia de escuchar dicho tipo de música puede evocarnos emociones positivas.

Es decir, la música puede ayudarnos a comprender que lo que sentimos no se corresponde exactamente con lo que percibimos y, en consecuencia, relativizamos nuestra amargura. Por ejemplo, en el desamor, la música que nos ponemos para ahogar nuestras penas suele, finalmente, darnos una visión de nuestro propio romanticismo que acaba por hacernos sentir bien «o al menos mejor» con la forma en que sentimos y expresamos nuestros sentimientos, reduciendo notablemente nuestro «harakiri» de amargura y desdichas.

Conviene tener en cuenta que no todos sentimos las tristezas con la misma intensidad y que hay quien es muy vulnerable a las situaciones de fragilidad emocional. En este sentido, la música triste puede tener un efecto poco deseado y que afecte a la salud mental, aunque sean mínimos o muy esporádicos. En algunas personas el efecto cognitivo de estas músicas y letras puede desarrollar pensamientos rumiantes e intrusivos que nos amarguen la vida.

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