De la manía de amargarse la vida


Amargarse la vida tiene un no sé qué de maniático. Se es perfeccionista del victimismo, invirtiendo interminables horas en pasarlo mal.

Amargarse la vida, tiene mucho que ver con la sublimación del pasado. Majaderamente, nos preguntamos por qué hicimos tal cosa en vez de otra, o le damos vueltas y vueltas a sucesos que ya ocurrieron y sobre los que nada podemos hacer para cambiar tal cual sucedieron. Amargarse la vida es, también, anticipar catástrofes, inmolarnos con la ansiedad de lo que ni ha ocurrido ni tal vez ocurra jamás. De tal suerte, sea por una cosa o por otra, acabamos instalados en el negativismo.

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Para amargarnos la vida nos bastamos con nosotros mismos. No necesitamos que nos echen una mano, ni que nos empujen. Amargarse la vida es fácil. Requiere, eso sí, de un cierto aprendizaje, a propósito de los juicios que usualmente nos hacemos sobre la conveniencia o no de los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor y de los pensamientos, tantas veces irracionales, que hacen que algunas personas vivan en una angustia sin fin.

Casi todos tenemos la sensación de que pensamos demasiado. A veces, en este exceso de darle vueltas a los asuntos, hasta se nos olvida el camino hacia algunas cosas importantes. Cuando pasamos más tiempo pensando que viviendo perdemos el contacto con el presente, nos situamos al filo de una incertidumbre que nos atrapa, nos distorsiona la realidad y nos deja a la espera de que las cosas se estropeen.

Amargarse la vida tiene un no sé qué de maniático. Se es perfeccionista del victimismo, invirtiendo interminables horas en pasarlo mal.  A las ideas que relativizan la realidad de los problemas se las pone en fuga. Sin saber por qué, o ignorando el por qué, el amargado o la amargada siente placer en su desdicha, y en la forma en que, a través de ésta, pueden llegar a controlar a otras personas.

Y es que, quien se amarga la vida, tiene también, algo de manipulador. Todos hemos pasado por situaciones en la vida en las que necesitamos del consuelo de quienes nos quieren y aprecian, hasta que terminamos encajándolas en nuestras vidas de manera adaptativa. Quien se victimiza amargamente, por el contrario, hace de la necesidad de consuelo una constante. En su visión pesimista de la existencia y de la sustantividad, enfoca el mundo como le conviene. Y en muchas ocasiones, esa conveniencia se monta a hombros de los demás, generando incomodidad y conflictos que no hacen sino reforzar el martirio autoinfligido.

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Amargarse la vida, es tan absurdo como odiar a todos aquellos que no saben utilizar el típex; lo que ya no tiene nada de disparatado es contemplar el pasado o vislumbrar el futuro desde un presente perdido y lleno de aflicción. Y es que, sentirse víctima de uno mismo, de las circunstancias y de los demás es más fácil que dejar de serlo. Afortunadamente la especie humana se caracteriza por su capacidad para el cambio. Cambiar, si se quiere, se puede. No es sencillo, pero sí posible.

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