Sorprendentemente, apenas hace dos décadas y poco más que, cualquier intervención o tratamiento psicológico basado en la idea de que la homosexualidad es una enfermedad mental, acabó donde se merece, en el vertedero de las creencias injustas y de las actuaciones injustificables.
Hoy ya no encontramos a psiquiatras y psicólogos que propinaban descargas eléctricas a un varón a la mínima sospecha de excitación ante el cuerpo desnudo de una persona del mismo sexo. Las “clínicas especializadas” en cambiar la tendencia o la decisión personal de gays y lesbianas hacia un estilo de vida heterosexual, han desaparecido. Y aunque a no todos los profesionales en salud mental que atribuían la homosexualidad a malos tratos en la infancia, se les cayó la cara de vergüenza, sus prácticas se han despeñado en el abismo del olvido más absoluto.
Sin embargo, y al igual que pasa con los negros y los discapacitados, la homosexualidad y la transexualidad siguen siendo caldo de discriminación. Ocurre que, en nuestras sociedades contemporáneas y especialmente en el sistema educativo que desarrollan, la discriminación es una asignatura pendiente que, en demasiadas ocasiones se expresa en forma de bullying. El bullying es una forma de violencia que se caracteriza por un comportamiento agresivo que no es provocado y que pretende dañar o molestar, y que se fundamenta en la no aceptación, ni respeto, por las diferencias humanas.
Los jóvenes homosexuales son más susceptibles que sus pares heterosexuales a ser acosados en los colegios. Son quienes peor experiencia tienen en estos entornos y quienes más se alejan de los mismos por sentimientos de inseguridad. El ausentismo escolar es una de sus consecuencias más inmediatas. En general el ambiente más inhóspito para estos jóvenes lo provoca el uso de lenguaje homofóbico. El bullying homofóbico tiene amplio alcance y resulta muy negativo para la salud mental; los alumnos afectados suelen experimentar culpabilidad. El sector más propenso a sufrir la intimidación homofóbica son los varones homosexuales, entre estos, el riesgo de depresión, aislamiento y suicidio es muy preocupante. Entre las niñas homosexuales acosadas, el riesgo más frecuente es el de la autolesión.
Aunque el bullying homofóbico está lejos de ser un fenómeno erradicado, las medidas concretas que se pueden tomar en los distintos entornos académicos donde se produce, puede arrinconarlo a la condición de hecho esporádico en muchos casos. Así, las alianzas entre jóvenes homosexuales y heterosexuales propician un clima favorable que desactive las conductas de acoso de aquellos que acechan a quien decide manifestar sus gustos sexuales. Se trata de instancias que brindan un ambiente de apoyo seguro. Las acciones curriculares inclusivas, por su parte, favorecen el respeto y la tolerancia a la diversidad. La experiencia de estas iniciativas avala la mayor seguridad de los estudiantes homosexuales y transexuales debido a su orientación sexual. En los alumnos heterosexuales genera capacidad de aceptación, empatía y compañerismo. Las políticas claras y las leyes exhaustivas y específicas que determinen acciones en caso de discriminación y acoso por cualquier motivo, incluido la orientación sexual, contribuirán a la erradicación de esta indeseable realidad.


