Algo de preocupación es recomendable, podríamos decir que es incluso saludable. La mayoría de las consultas profesionales que se me realizan, así como muchas de las preguntas informales que recibo día sí día también, tienen como trasfondo la preocupación excesiva. Probablemente a muchos y muchas colegas les pasará algo parecido.
Para algunas personas, la preocupación es una compañera inseparable, a pesar de ser conscientes de las dificultades que les ocasiona en sus vidas estar permanentemente en modo poco relajada. Esta actitud se alimenta de la creencia conforme a la cual la preocupación genera una capacidad de control que nos permite estar más preparados para cualquier contrariedad o revés del destino. Es evidente que se trata de una creencia irracional.

El sistema de valores con el que hemos crecido, relacionado con las exigencias de responsabilidad familiar y profesional, establece como buena la preocupación para ocuparse de los problemas. Preocuparse por lo que incluso aún no ha pasado ni se sabe si pasará. Esta ilusión de control puede acabar por trastornarnos el sueño, la concentración, y muchas de nuestras emociones cotidianas, complicándonos la vida.
Una mente sana implica no sostener creencias irracionales, de ningún tipo. Fácil de decir, algo más complicado de conseguir. Somos seres racionales cargados de ideas irracionales. Estamos cargados de pensamientos contradictorios que nos generan muchas preocupaciones, o lo que es lo mismo, abrumados por problemas. En psicoterapia el abordaje de las conductas de preocupación excesiva parte de la comprensión de una premisa básica: el paciente debe entender antes que nada que para ocuparnos de un problema necesitamos aprender a mantener la calma. Ocuparse de un asunto más que preocuparse por el proporciona aceptables beneficios terapéuticos.
Paradójicamente, en bastantes casos, se complican las cosas cuando la persona experimenta preocupación por dejar de preocuparse. Cuando nos acongojamos porque creemos que hemos abandonado nuestras responsabilidades al dejarnos de preocuparnos por algo, aflora un presentimiento cultural de desentendimiento. Si uno no se preocupa se desentiende, se repiten majaderamente. En ese momento, estas personas se consideran seriamente como peores padres, amantes, trabajadores, compañeros o irresponsables en cuestiones de salud. En terapia estos episodios o arrebatos de “preocupación responsable” suponen un gran retroceso, además de un fastidio.




