Secretos de pareja


La conocida blogera Verónica de Miguel nos relata en una de sus entradas:

María está casada hace varios años con Emilio. Tienen dos hijos pequeños y una vida placentera. Se ayudan mutuamente y han construido una familia feliz. Ambos trabajan y pasan más tiempo libre juntos, los fines de semana. María y Emilio son una pareja que se considera comunicativa y honesta. Se cuentan todo. O eso dicen.

Por las noches se dan un beso tierno antes de cerrar los ojos, otros días disfrutan en una relación sexual llena de amor y picardía. Pero hay algo que María ignora. Cuando se apaga la luz y ella cierra los ojos confiada en la solidez de su vida, Emilio se queda mirando el techo. Tiene un secreto que no se atreve a confesar. Nunca le habló a María sobre el tema y eso está destrozando cada noche de su vida. Teme que, si le cuenta, María no le ame más y toda su relación se desmorone.

Las relaciones de pareja son tan complejas como lo sean las propias personas entre las que se establece esa relación. No es difícil y mucho menos no es poco habitual que disimulemos, contemos a medias o directamente ocultemos cosas, principalmente lo que pensamos, pero en ocasiones también lo que hacemos. Consideramos esta conducta como secreta cuando lo que callamos es un acto voluntario de omisión.

El abanico de secretos es amplio. Desde detalles pequeños, a veces insignificantes, pero de los que sentimos vergüenza, hasta verdades difíciles que no se quieren reconocer ni en la soledad frente al espejo, o realidades cargadas de daño de saberse.

Que existan más o menos secretos en una pareja está en relación con una serie de variantes en la convivencia. Ante todo dependen de cómo se entienda la relación de pareja por cada uno de sus miembros. Incluso en las relaciones más honestas y respetuosas, no uno/a conoce todo sobre el otra/o. Los pequeños espacios de misterio, de sorpresa, son vitaminas para la buena salud de la relación.  “Encubrir” ciertas cosas tampoco debe llevarnos a la creencia de que todo silencio es destructivo para el entendimiento y la tolerancia en la relación, tanto no atenten contra la dignidad, la integridad o la confianza debidas.

No siempre no decir es una mentira. Todos necesitamos nuestro espacio psíquico y físico personal a modo de ese escondite que teníamos de niños y niñas, y diferente al que compartimos con nuestra pareja, donde manejamos nuestros asuntos, en el que crecemos, aprendemos y gestionamos  lo que construimos y lo que entonces destruíamos y hoy simplemente deconstruimos. En ocasiones este “ser reservado” no está bien hablado, está mal comprendido o suscita incomodidades.

No todo secreto es traición; salvaguardar algunas informaciones puede ser una forma de protección de la relación. Sin embargo, los secretos en general suelen tener efectos poco favorables para la base emocional donde se haya el amor, la empatía, la comunicación y la confianza en una relación de pareja.

Que levante la mano quien no se guarda algunas cosas…

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Pero hay secretos que matan. Son los que se conjugan con el engaño. En ese límite es donde uno se debe conocer bien a sí mismo/a. Enmascarar sentimientos, esconder comportamientos no éticos, ocultar la infidelidad, especialmente la infidelidad más dañina de todas, aquella que fija en la menta la idea de cambiar a una persona por la otra mientras el resto de tu vida sigue igual, son de esos secretos que además nunca mueren porque tienden a enquistarse con el tiempo. Cuanto más se alarga en el tiempo un secreto más difícil resulta desvelarlo.

A diferencia de esos secretos que no necesitan transparencia total, los secretos que destruyen personas y convivencias es preferible y conveniente confesarlos lo antes posible.

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